Prohibiciones innecesarias y lesivas

La manera de luchar contra los mensajes de “perfección” no es la censura estatal. Ese proteccionismo, por más buenas intenciones, limita la libertad de expresión.

Este anuncio, que pregunta si quienes lo ven tienen el cuerpo listo para la playa, y que busca vender productos para bajar de peso, generó una polémica que terminó con una medida que es una limitación innecesaria de la libertad de expresión.

La lucha pública contra los estándares de belleza irreales que fomentan que las personas, especialmente las mujeres, se sientan mal con sus cuerpos, es un debate necesario en cualquier país, pero prohibir con base en este motivo anuncios publicitarios es una innecesaria restricción a la libertad de expresión. Eso es precisamente lo que está ocurriendo en Londres.

Cumpliendo una promesa de campaña, Sadiq Khan, el nuevo alcalde de la capital inglesa, anunció que a partir de julio quedarán prohibidos en el metro de la ciudad los anuncios publicitarios que, como dijo Transport for London, entidad encargada de administrar ese sistema de transporte, “puedan de manera razonable verse como motivos de presión para buscar una forma corporal irreal o poco sana, o que tengan el potencial de crear problemas de autoestima corporal, especialmente entre las personas jóvenes”.

El debate comenzó el año pasado cuando la compañía Protein World, que vende suplementos alimenticios, inició una campaña donde una mujer en bikini aparece debajo de un mensaje que pregunta: “¿Está tu cuerpo listo para la playa?”. La junta del metro recibió 378 quejas y varios ciudadanos escribieron mensajes en los anuncios, mientras que otras mujeres se tomaron fotografías en bikini al lado del anuncio, argumentando que su cuerpo está más que listo para ir a la playa sin tener que parecerse a la modelo.

Khan les hizo eco a esas protestas diciendo que “como padre de dos niñas adolescentes, me preocupa en extremo este tipo de publicidad, que puede menospreciar a las personas, especialmente a las mujeres, y hacer que se sientan apenadas del cuerpo que tienen”.

El fin es loable. Es verdad que la cultura hegemónica en muchas de las ciudades del Occidente global, dentro de la que el aparato publicitario juega un rol esencial, está plagada de mensajes que motivan la inconformidad malsana con el cuerpo propio. La sexualización del mercadeo en muchos productos ha creado un estándar de vida y de “belleza” con el que la mayoría de las personas no pueden identificarse y que por ende genera problemas innecesarios de autoestima.

También es verdad que el mundo del modelaje se ha construido, en muchas ocasiones, creando incentivos para que las mujeres que quieran hacer parte de él lleven su cuerpo a extremos para alcanzar una delgadez que produce serios problemas de salud. Francia, Israel, Italia y España, por ejemplo, han creado regulaciones para que las modelos tengan que presentar certificados médicos de salud antes de poder trabajar.

Sin embargo, la manera de luchar contra estos mensajes de “perfección” no es a través de la censura estatal. Esa clase de proteccionismo impuesto, por más buenas intenciones que profese, limita la libertad de expresión (que sí, también cobija los anuncios publicitarios) y abre la puerta para que gobiernos con otras concepciones de lo que está bien y está mal prohíban otro tipo de discursos.

El debate debe darse en la sociedad, como ocurrió con las personas que manifestaron su indignación y rechazo a la publicidad de Protein World. Que quien se atreva a utilizar discursos excluyentes se atenga a las consecuencias sociales, pero no que sea silenciado con la mordaza oficial. Las prohibiciones deben reservarse para casos extraordinarios y aplicarse con mucho cuidado. Lo que está en juego cuando se intenta restringir los mensajes, es la salud de la democracia misma.

 

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