Proteger la mesa

Superada la compleja instalación de las conversaciones de paz que el Gobierno y la guerrilla de las Farc protagonizaron esta semana en Oslo, podemos, por fin, ir al siguiente paso: negociación, con agenda en mano, de los cinco puntos que se pactaron como norte.

El 15 de noviembre empieza lo concreto; es momento de respetar la institucionalidad que estos diálogos suponen, las etapas correspondientes y los plazos de tiempo exigibles. Se trata de directrices puntuales que a primera vista parecen meramente formales, pero que repercuten definitivamente en los asuntos de fondo.

Decíamos el viernes pasado en este espacio que no debió de sorprender —ni de indignar más allá de lo que siempre indigna el cinismo retórico de la guerrilla— el discurso de alias Iván Márquez en Oslo. Unas frases que, de manera reiterada y a lo largo de los años, han dicho una y otra vez y que nadie puede esperar que cambien de un día para otro como por arte de birlibirloque. Los discursos se construyen con tiempo, con doctrina, con paciencia si se quiere, y eso es lo que las Farc van a mantener durante un buen tiempo. Y si es con palabras y no a bala, mejor. De eso se trata todo.

No se puede soslayar, tampoco, el hecho de que sus hombres permanecen aún inmersos en la guerra en territorio colombiano y que a ellos también iba a llegar ese discurso inicial de sus representantes en la mesa. La paz se firma, en últimas, con los rasos, para que no sigan combatiendo, y mantener una filosofía de cuerpo es en estos momentos fundamental para estos negociadores temporalmente excluidos de la guerra. Los que se sientan en la mesa son dos. Y en ese sentido, por ahora, Gobierno y guerrilla son igualmente legítimos para expresar sus posiciones. Entonces, adelante.

El primer paso ya fue surtido, pese al pesimismo que se respira. Lo que conviene ahora es proteger la mesa. ¿Cómo? Aferrándose a lo conseguido. Lo que se ha hecho hasta hoy, hay que blindarlo con todas las garantías posibles. No puede ser que a esta altura se pretenda barajar de nuevo. Propuestas como la de incluir a los grupos paramilitares en el proceso, por ejemplo, no harían más que torpedear cualquier avance. Ellos ya tuvieron su proceso de paz. Con todo y que éste dejó mucho que desear, no es el momento para pensar en ampliar unos puntos que costó dos años acordar. Este es un proceso distinto, con un grupo distinto.

Se ha ventilado la posibilidad de que el Eln se integre al proceso. Igual, este es un proceso que tiene sus propias características y que se debe ser cuidadoso en que no interfiera negativamente. Si la paz se firma el mismo día, perfecto, pero los miembros de esta otra guerrilla necesitan, en un principio al menos, de otra mesa, con otras prioridades, con una agenda diferente, aunque pueda haber puntos coincidentes que más adelante se puedan integrar.

La mesa empezará por discutir el punto del desarrollo rural. Dividido en seis capítulos, que van desde el acceso y el uso de la tierra hasta el sistema de seguridad alimentaria. Gobierno y guerrilla deberán deliberar con altura y saber, sobre todo, atravesar las dificultades del discurso, la enorme distancia en las percepciones. Con una sola meta, que también está acordada y nunca debe desviarse: crear las condiciones que permitan silenciar las armas.

El discurso de la guerrilla en Oslo pudo sonar duro, antipático, desprovisto de la generosidad y apertura de mente que el momento exigía. Pero no puede ser negado como base de lo que sucederá pronto. Llegó la hora del tacto en los diálogos y del respeto por la agenda en la mesa de negociaciones. Desviarse de ella sería llamar a un nuevo fracaso.

 

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