Prudencia, mucha prudencia, por favor

Aunque se perdió la oportunidad de coordinar la protesta con base en la confianza, queda la esperanza de que hoy todos los involucrados demuestren su prudencia. / Foto de referencia: Archivo El Espectador

Llegó un poco tarde y sin suficiente emoción el cambio de discurso en el Gobierno Nacional con respecto al paro convocado para hoy. Los aprendizajes de la marcha pacífica que se dio en Barranquilla hace unas semanas cayeron en oídos sordos y aterrizamos en este 21 de noviembre con un país lleno de tensiones, donde las autoridades y los manifestantes se ven con temor y desconfianza. Esperamos que, aun así, la jornada sea pacífica y demuestre que en Colombia se respeta la diferencia de opinión.

Las señales desde el Estado han sido en general hostiles para quienes pretenden manifestarse hoy. Si bien se trata de un paro convocado con varias semanas de antelación, donde hay varios rostros visibles organizadores (entre sindicatos y agrupaciones de ciudadanos), la estigmatización ha primado. El presidente Iván Duque insistió en varias ocasiones en que los manifestantes han sido llamados a las calles con “mentiras”, el partido de Gobierno repitió hasta el cansancio que se trata de un paro infiltrado por agentes internacionales, y la Policía y el Ejército han dado demostraciones de estar alerta, en vísperas de una tragedia anunciada. Pudo ser muy distinto.

No hay otra manera de decirlo: militarizar las calles, allanar con motivos extraños las sedes de un medio de comunicación alternativo y de un colectivo de artistas, cerrar la frontera, anunciar con bombos y platillos la captura de “agentes extranjeros” y hablar de 800 kilos de dinamita que supuestamente iban para el paro es una estrategia que ha causado temor. Además, ha hecho que los protestantes se indignen por los prejuicios constantes dedicados en su contra. La reacción estatal ha debido ser más prudente, mesurada y reflexiva. Más en la línea de lo que el presidente Duque intentó en los últimos días; lástima que ya era tarde y que acciones como las comentadas aquí contradijeran sus palabras.

No se trata de negar la presencia de personas que quieren el caos. Pero la lupa ha sido puesta sobre el posible desastre y no sobre los miles de marchantes pacíficos. El resultado es que el Ejército en las calles, en los ojos de los participantes del paro, está allí para vigilar en lugar de proteger. Y no debería ser así.

Hace apenas unas semanas vimos una historia muy distinta. Cuando un grupo de miles de estudiantes decidieron marchar por Barranquilla, las autoridades se acercaron a ellos, llegaron a acuerdos y se coordinaron de tal manera que la manifestación se hizo sin ningún problema de orden público. El mensaje de la protesta se escuchó fuerte y claro, los estudiantes se sintieron respaldados en su derecho fundamental a manifestarse y las autoridades se ahorraron un dolor de cabeza. ¿Por qué no se aprendió de una experiencia tan significativa? ¿Por qué no se intentó un acercamiento similar? ¿Por qué desde el principio se privilegió la estigmatización de la contraparte?

Queda la oportunidad de que hoy todos los involucrados demuestren su prudencia. Por parte de las autoridades, que no haya abusos y, además, que las denuncias sobre la marcha se hagan de acuerdo con la proporcionalidad de lo que ocurra. Por el lado de los marchantes, demostrar que salieron a expresarse en paz. A ver si el país pasa esta difícil página de polarización, tensiones y temor.

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