¿Qué vamos a hacer con los cultivos de coca?

Recordar que los países consumidores tienen también una responsabilidad a la que están fallando es importante, pero insuficiente. / Foto: Germán Gómez Polo - El Espectador

El matoneo que ha caracterizado a Donald Trump, con sus nefastas consecuencias, llegó a Colombia. Era inevitable y se veía venir, pues ya distintos funcionarios del gobierno estadounidense estaban denunciando, cada vez con mayor hostilidad, el aumento en los cultivos de coca en nuestro territorio. Aunque la reacción indignada del Gobierno era necesaria, la realidad es que el problema del narcotráfico en el país sigue empeorando. Ni en la administración de Juan Manuel Santos ni en los candidatos a la Presidencia se percibe una propuesta seria, que vaya más allá de los discursos y las medidas inútiles para enfrentar el problema. El resultado es que los colombianos están en riesgo de una nueva guerra financiada por las drogas ilícitas.

En un comunicado, la administración Trump dijo esta semana que “el gobierno de los Estados Unidos consideró seriamente denominar a Colombia como un país que es demostrable que ha fracasado en cumplir sus obligaciones internacionales” por la producción de coca en los últimos tres años. La Casa Blanca cita datos de la DEA, que advirtió que se registró un incremento del 134 % en los cultivos de coca entre 2013 y 2016 en Colombia. El año pasado, según la misma información, el 92 % de la cocaína incautada en EE. UU. era de procedencia colombiana. Sin embargo, dice el comunicado, no se tomó tal decisión por el trabajo que realiza la Fuerza Pública de nuestro país.

Ese tipo de presión es inaceptable. Hizo bien la Cancillería en recordar que los países consumidores tienen también una responsabilidad a la que están fallando, y las protestas de diversos funcionarios colombianos eran necesarias. Sin embargo, la realidad es que el país no ha estado a la altura del reto del narcotráfico en años recientes.

El Gobierno ha insistido en que este año erradicará 100.000 hectáreas, la mitad por la fuerza y la otra mediante planes de sustitución. Esta semana dijo que ya ha erradicado el 62 % de las primeras 50.000, lo que es un resultado de celebrar, sí, pero insuficiente cuando se observa el tema en su real magnitud.

Aunque el presidente Santos ha dicho que debe cambiarse la estrategia global contra las drogas, esa posición se ha quedado sólo en discursos. Mientras tanto, Colombia ha visto un crecimiento histórico en los cultivos y eso está afectando principalmente a las poblaciones donde hay un vacío de poder después de la desmovilización de las Farc.

Por eso, quedarse en la responsabilidad de los consumidores es insuficiente. La droga no sólo es un problema para EE. UU. Tener carteles del narcotráfico en medio de un boom de los cultivos significa que en el país está circulando mucho dinero ilícito, hay incentivos para que la disidencia de las Farc y las bandas criminales sigan en la ilegalidad, dificulta que el Estado supla los vacíos históricos de poder en las zonas cercanas a los cultivos, fomenta el microtráfico en nuestras ciudades y amenaza con nuevas formas de la violencia cruel de la que Colombia está intentando sacudirse.

La incapacidad, por cierto, se traslada a los candidatos a la Presidencia. La única propuesta que se ha escuchado hasta ahora es la facilista de regresar a las fumigaciones, algo que no solamente afecta la salud de los colombianos sino que ya ha demostrado ser inefectivo. Ahora que abundan las voces que lamentan el aumento de los cultivos, no sobra recordar que la indignación no soluciona un tema complejo. Quienes desean tomar las riendas del país están en mora de presentar una propuesta que vaya más allá de otro discurso sobre lo terrible que es este flagelo.

El narcotráfico es el reto más grande que enfrenta Colombia en términos de seguridad y construcción de Estado. ¿Cuál es el paso en esta lucha? ¿Quién se atreverá a dar una respuesta?

 

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