Recobrando el agua

Desde hace 14 días la ciudad de Manizales sobrevive sin agua. Sus habitantes se ven a tientas para poder conseguir el líquido a través de bolsas y carrotanques. El agua está llegando poco a poco, es verdad, pero aún no se ha restablecido el servicio por completo.

La lentitud en la reparación fue justificada. El Ministerio de Vivienda informó la semana pasada que aún faltaban algunas acciones para recobrar el suministro: la nada despreciable obra de ensamblaje de la tubería cercana a la planta principal, Luis Prieto Gómez, que fue arrasada el 19 de octubre por una avalancha.

Las autoridades locales manifestaron, varias veces, algo no tan viable: que el servicio de agua sería restablecido pronto. Las nacionales, por su parte, prefirieron ser más realistas y describir la situación: tanto el proceso de ensamblaje como el de llenado son lentos. Asunto que confirmaron el gerente técnico de Aguas de Manizales, Sebastián Henao, y la realidad: hasta ahora se están llenando nuevamente los grifos en una ciudad que, con paciencia, logró sobrevivir a la catástrofe.

Los trabajos adelantados para restablecer el agua fueron neutralizados en más de una ocasión por cuenta de las alertas de nuevos deslizamientos. Todo un desastre, en una seguidilla de un acto tras otro que afectó a la comunidad y que empeoró su situación por lo menos por 12 días consecutivos. De las noticias sobre la emergencia puede leerse de manera general una realidad no tan cierta: la de lo ‘sobreviniente’ y no previsible. Pero, en el caso que nos ocupa, no fue así. La ciudad es hoy —porque está en el ojo de los medios— el ejemplo perfecto de cómo en Colombia muchas tragedias pueden ser prevenidas.

Lo dijimos antes, la demora en la reparación es justificada. Pero la tragedia en sí misma no, puesto que fue prevista meses atrás. Es el colmo. El Espectador extrajo la semana pasada unos documentos en los que Adiela Ramírez Correa, de Corpocaldas —en el mes de mayo de este año—, advertía de la amenaza que se cernía sobre los habitantes de Manizales por cuenta de los deslizamientos. Pero no sólo ella. Lo hizo también hace dos meses el Gobierno, en cabeza de su Ministerio de Ambiente, pidiendo que se tomaran las medidas de contingencia necesarias. Ante esto último no sucedió nada: el acueducto alterno (Niza) aún sigue fuera de circulación. Y ante el primero, peor: el gerente de Aguas de Manizales, Álvaro Andrés Franco, manifestó en una reunión extraordinaria que la empresa tenía todo bajo control. Su parte de tranquilidad duró tres rápidas horas hasta que unas toneladas de tierra se fueron cuesta abajo, destrozando a su paso el tubo que mantuvo a cerca de 400 mil habitantes sin agua.

De esta experiencia sólo queda algo: muchos de los desastres que suceden hoy día por cuenta de la ola invernal podrían generar efectos muy distintos —menos devastadores, sin duda— si se tuviera la suficiente eficacia para contenerlos. La ciudad de Manizales es el ejemplo más visible. Incluso, la ola invernal pasada, hace un año, ya se había llevado la planta alternativa, Niza. ¿Qué les impide a las autoridades locales hacer las obras de contingencia? ¿Qué tan grave debe ser la advertencia para que se empiece a actuar?

Manizales tiene en estos momentos sus esperanzas en las obras de reparación de la tubería. No solamente se trata de ser sinceros y no prometer una fecha definida para la normalización total del suministro. Sino que el esfuerzo que imprimen en esta fase debió ser un hecho del pasado, de previsión. Lo peor probablemente no sean las intensas lluvias, sino la negligencia, la excesiva burocracia y la falta de previsión. Los habitantes de esta ciudad lo viven por cuenta de la falta de agua. Una tragedia mayor pudo haberse ocasionado y esto deben tomarlo como ejemplo en todas partes.

 

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