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Sin embargo, el mayor riesgo de este territorio es la urbanización. De acuerdo con un reciente estudio publicado por la revista Nature, la capital será en 2025 una de las ocho nuevas megaciudades del mundo, con un poco más de 10 millones de habitantes. Pero no se trata de la ciudad que se encuentra dentro de los límites actuales del Distrito Capital, sino de la gran urbe que emerge en la sabana, llamada de tiempo atrás y como presagiando el futuro, de Bogotá.
Esporádicamente, desde los años 70, frente a este proceso se lamenta la pérdida de irreemplazables suelos agrícolas y la destrucción de un paisaje rural excepcional. Temas por supuesto vigentes. Pero hoy no se trata de lamentar el fin del sueño bucólico de Tomas Rueda Vargas, cuando al menos una parte de la sabana tiene ya un futuro inminentemente urbano.
La Ley 99 de 1993, que creó el Sistema Nacional Ambiental, la definió como de “interés ecológico nacional”, asunto interpretado como la preeminencia de usos agrícolas y forestales. Pero la gran urbe no cesa de crecer. El problema es que el crecimiento de Bogotá no está solamente sucediendo por expansión de su borde urbano. Hace varias décadas que los municipios vecinos de Soacha, Funza, Engativá, Mosquera y Facatativá son los que reciben la inmigración del resto del país. Los ejes Bogotá-Facatativá, Bogotá-Cajicá, y Mosquera-Chía son prácticamente suburbanos.
Hoy el asunto principal es sobre el tipo de gran ciudad que estamos construyendo. Pero la respuesta no es muy halagüeña. Basta mirar el pésimo urbanismo que está pululando. Un fenómeno nuevo es la aparición de dinámicas urbanas en los cruces de las carreteras, como en Cartagenita o la invasión suburbana en El Rosal y Puente de Piedra. Los municipios que se van integrando físicamente no tienen diseños urbanos de mínima calidad ni espacio público; muchas de las vías son remanentes de trochas de fincas hoy urbanizadas. Las zonas industriales de municipios vecinos generan dinámicas urbanas. Los condominios rurales se venden para vivir en el campo el sueño urbano de naturaleza, pero entre todos acabarán por sepultarla.
En el interior del Distrito Capital, preocupados por el límite urbano de la ciudad en el POT, se ha olvidado la ciudad que crece al otro lado del río, más allá de la Autopista Sur, o detrás de los cerros. El problema no es ya de conservación ambiental, sino de planificar el bienestar humano. La gestión de la CAR por supuesto podría ser mayor o mejor, pero frente a este fenómeno es estructuralmente insuficiente.
El futuro urbano de la sabana es el resultado de procesos nacionales, con poco control, como el desplazamiento de la población, y de políticas dirigidas todas a propiciar el crecimiento. Simplemente reconozcámoslo, cuando todavía estamos a tiempo. La sabana de Bogotá será la capital de Colombia, antes de que los instrumentos de ordenamiento territorial reflejen adecuadamente el proceso. Y ya será tarde. Es urgente crear una unidad territorial de planificación y gestión, con criterios de sostenibilidad ambiental para lo que ya será inevitablemente el mayor centro urbano del norte de Sudamérica. El interés ecológico de la sabana de Bogotá está en nosotros mismos y en los que han de venir.