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Israel reedita una historia ya vivida varias veces. Unos incidentes, casi siempre en Jerusalén, dan paso a una escalada con el envío desde Gaza de misiles por parte del grupo terrorista Hamás, que son respondidos con misiles israelíes, la espiral de violencia aumenta, más misiles de lado y lado hasta que el ejército de Israel ingresa en Gaza, como acaba de suceder. La última vez fue en 2014, con más de 3.500 muertos y cerca de 11.000 heridos. Ahora, con cerca de 100 muertos, entre ellos niños, el Consejo de Seguridad de la ONU busca frenar el desangre. Urge retomar las negociaciones para la coexistencia de los dos Estados, israelí y palestino, sobre bases justas y sin imposiciones.
La situación no es sencilla y no se puede ver en blanco y negro, pues envuelve grandes zonas grises donde están los puntos de consenso. Hasta que se encuentre una real solución a la grave situación que se vive en la zona, estos hechos se repetirán. No ayudan las declaraciones del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, cuando dice que “esto es solo el principio. Los vamos a golpear como nunca habían imaginado”, mientras el líder máximo de Hamás, Ismail Haniya, convoca a “una cruzada por Jerusalén (…) si los israelíes quieren intensificar su ofensiva, la resistencia islámica está preparada”. Es indispensable que las dos partes, el gobierno de Israel y la Autoridad Nacional Palestina (ANP), retomen el diálogo directo sobre bases mutuas de entendimiento y respeto, con el acompañamiento de la comunidad internacional.
En la medida en que el gobierno de derecha israelí, sobre la base del absurdo plan de paz presentado por la administración de Donald Trump, insista en mantener su política de anexar las zonas dentro del Estado palestino donde tiene asentamientos, será imposible sentarse a la mesa de negociación en condiciones de igualdad. El único resultado será el aumento del resentimiento de la población palestina, con toda razón, y el rechazo a cualquier tipo de diálogo. En este sentido crece la percepción internacional de Israel como un país ocupante contra la población palestina que vive en Cisjordania y Gaza.
Del otro lado, la ANP ha perdido autoridad al disminuir su capacidad de acción. Su real influencia se circunscribe a Cisjordania, ya que en Gaza el poder radica en Hamás, movimiento islamista radical apoyado por Irán y Siria. Hamás no reconoce a Israel como Estado y busca su destrucción. Así las cosas, el radicalismo de sus dirigentes es la mejor garantía de que nunca habrá un acuerdo de paz ante lo irreconciliable de sus posiciones. Sin embargo, cada vez ganan más adeptos dentro de la población palestina, en la medida en que los sienten como la única fuerza representativa capaz de enfrentarse a Israel. Los radicalismos en la dirigencia, tanto israelí como palestina, no permiten aclimatar la paz.
La actual situación comenzó hace una semana en Jerusalén, durante la celebración del mes sagrado de Ramadán, con enfrentamientos donde resultaron heridos más de 300 palestinos. Las brigadas Ezzedin al Qassam, afiliadas a Hamás, lanzaron misiles contra territorio israelí y vino la respuesta con ataques con misiles y drones contra objetivos fundamentalistas en Gaza. Simultáneamente, en la población de Lod, en Israel, se presentaron enfrentamientos entre israelíes árabes y judíos con muertos y heridos de lado y lado. Dentro de Israel, alrededor del 21 % de la población es de origen palestino y, no sin razón, siempre se han sentido como ciudadanos de segunda clase.
La llamada Operación Guardián de los Muros, que se puso en práctica desde el lunes anterior, ahora da paso al ingreso de soldados israelíes y ataques aéreos contra más de 150 objetivos de Hamás. Es esencial que se frene de inmediato esta escalada absurda de violencia y se llegue a una pronta solución negociada a este grave problema, que lo resuelva del todo. La administración de Joe Biden tiene mucho que aportar al respecto.
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