Se va el arquitecto de la paz más ambiciosa

Si bien es entendible que Jaramillo necesite un merecido descanso, el Gobierno pierde tal vez la voz más elocuente de las oportunidades de reforma que trae el Acuerdo de Paz. / Foto: Cristian Garavito - El Espectador

La historia del país, si es justa, deberá recordar con agradecimiento el esfuerzo titánico y el sacrificio personal en los que incurrió Sergio Jaramillo mientras estuvo encargado de ser el alto comisionado para la Paz de Colombia. Su renuncia, sorpresiva pero entendible, marca el final de una tarea cumplida contra todos los pronósticos. Queda pendiente ver si los líderes políticos estarán a la altura de consolidar la oportunidad enorme de reestructurar el país a partir del acuerdo que diseñó Jaramillo.

Desde el Ministerio de Defensa de Juan Manuel Santos, donde se desempeñó como viceministro de Derechos Humanos y Asuntos Internacionales, Jaramillo y el ahora presidente desarrollaron una relación estrecha sustentada en la prudencia y competencia del excomisionado. Jaramillo es uno de esos servidores públicos de los que tanto se habla, pero que parecen unicornios en las altas esferas del poder: sin ambiciones políticas personales, se entregó de lleno, con conocimientos técnicos y dedicación motivada por una preocupación genuina por el futuro del país, a la tarea de buscar un acuerdo que terminara el conflicto armado con las Farc.

Por eso, desde la prudencia de quien tiene un objetivo claro y no está buscando el calor de los reflectores mediáticos, trabajó con estrategia para construir los puentes y la normatividad necesarios para crear confianza, no sólo con unas Farc arrogantes y tercas, sino con las Fuerzas Militares y los distintos niveles de poder político en Colombia. Su intervención en la Ley de Víctimas y su apoyo en el Marco Jurídico para la Paz fueron esenciales, como también lo fueron su liderazgo y la estructura que diseñó para unos diálogos que fueron complicadísimos, pero que triunfaron gracias a que siempre tuvieron reglas claras y un norte identificado.

Como lo explicó Paula Gaviria, consejera de Derechos Humanos, en Semana, “sin su abnegación, destreza, visión e inteligencia no hubiera sido posible el fin de 53 años de guerra”. No es menor su responsabilidad en obtener un resultado que había evadido a múltiples gobiernos antes del actual, y el mismo presidente Santos lo reconoció en su despedida.

Si bien es entendible que Jaramillo, quien ahora será embajador ante la Unión Europea, necesite un merecido descanso, es una pena que el Gobierno pierda tal vez la voz más elocuente de las oportunidades de reforma que trae el Acuerdo de Paz. Lo dijo el excomisionado en entrevista con Blu Radio: “(estamos) en el último suspiro del conflicto armado y lo que sigue es construir paz”.

Esa “construcción de paz” ha sido fuente de diversas interpretaciones dentro del Gobierno y la opinión pública. Jaramillo, desde el principio, abogó por la idea de que no basta con el fin de las Farc como guerrilla; que un pacto político de esta magnitud histórica debería ser la oportunidad de reformar el país para erradicar las raíces de la violencia. La paz ambiciosa del excomisionado permitía soñar con una Colombia distinta. No obstante, con las Farc desmovilizadas, ha perdido fuerza esa visión y hay quienes parecen conformes con simplemente dar por terminado ese conflicto. Eso, tememos, es un error gigante.

El llamado, entonces, es a los líderes políticos que quedan a cargo del proceso con las Farc, y a los que proponen tomar las riendas del país a partir de 2018, que aprendan del ejemplo rotundo dado por Jaramillo: en Colombia se consigue lo imposible si a los sueños se les dotan de determinación, estructura, disciplina y altruismo. ¿Por qué no seguir persiguiendo la paz más ambiciosa, ya que nunca hemos estado tan cerca de ella?

 

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