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¿Aprendieron algo los legisladores que se posesionarán mañana del Congreso que tuvimos los últimos cuatro años? Las primeras señales invitan a pensar que no. A pesar de ser históricamente la rama del poder público con menor confianza a los ojos de los colombianos, cada Congreso ha caído en la trampa de atrincherarse en su propia irrelevancia y privilegiar intereses particulares por encima de los debates complejos que necesita el país. Los años de la administración de Gustavo Petro les sirvieron a los congresistas para reivindicar su independencia, pero a menudo su falta de grandeza demostró que ponían por delante los objetivos electorales en sus actuaciones. En los próximos cuatro años de gobierno de Abelardo de la Espriella, el estrecho margen de victoria del presidente electo, sumado a la diversidad de fuerzas que quedaron repartidas en el legislativo, son una oportunidad para liderar una productiva conversación nacional. ¿Soñamos?
Los congresistas que llegan al Capitolio Nacional reciben un país que viene con años de estancamiento legislativo. Cuando se desarmó la coalición de gobierno con la que comenzó el gobierno Petro, el enfrentamiento fue constante. No olvidamos las acusaciones que la Casa de Nariño hizo en contra de los legisladores y también la amenaza de utilizar una Consulta Popular para saltarse al Congreso. Sin embargo, también está fresca en la memoria la falta de responsabilidad de los congresistas al discutir reformas difíciles como la de la salud o la laboral, y en particular al negarse tercamente a tramitar una ley de financiamiento que le lanzara un salvavidas a las finanzas públicas. Especialmente en la segunda mitad del mandato del presidente saliente, hubo más posturas electorales que un compromiso con la construcción de consensos en torno a las preguntas desafiantes que tienen los colombianos.
Entonces, sí, el Congreso es independiente y, sí, el gobierno que termina fue hostil a la concertación, pero la solución no puede ser instituir una nueva “unidad nacional” y aprobar con aplanadora la agenda del gobierno que llega. El mandato de Abelardo de la Espriella es, al mismo tiempo, poderoso y frágil, dado el estrecho margen que lo llevó a la Casa de Nariño. Lo que eso les debe decir a los congresistas es que muchos colombianos tienen dudas sobre sus posturas más radicales. Hay temores justificados entre quienes ahora se encuentran en la oposición. La actitud correcta es que el Capitolio se convierta en un espacio de debates transparentes, de construcción de reformas dialogadas y lo más incluyentes posibles. Pensar menos en el “cómo voy yo” y más en “cómo ayudamos a construir una Colombia para todos los colombianos”.
Los retos son enormes. Hay una crisis fiscal que limitará muy pronto las ambiciones del presidente electo. El sistema de salud, además de un salvavidas a corto plazo, necesita una reforma estructural que garantice su viabilidad en el tiempo. La seguridad tiene a los colombianos preocupados, pero no puede convertirse en excusa para abusos de poder y limitación de derechos individuales. El reformismo ultraconservador del sector más radical del próximo gobierno va a intentar debilitar avances sociales que son atesorados por las poblaciones más vulnerables. Podríamos seguir listando nudos que tienen que desatarse y sería una lástima que la voz del Congreso sea reemplazada por un sello notarial. Es tiempo de diálogo, de concertación, de reformas audaces, de mostrarles a los colombianos que la democracia sí es capaz de responderles en lo que más les preocupa. ¿Es mucho soñar con un Congreso que deje a un lado las “jugaditas”?
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