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Criticado antes de su posesión por carecer de conocimiento temático, el nuevo ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Gabriel Vallejo, ha pedido un compás de espera.

El Espectador

13 de agosto de 2014 - 09:58 p. m.
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Lo merecemos todos. Pero hay elementos para la duda constructiva. No sería de buen recibo que un especialista en mercadeo fuera nombrado ministro de cualquier otro sector, sin que fuera criticado. La buena gerencia no es independiente del tema, así que el experimento queda en observación.

Conscientes como hemos sido en este diario del seguimiento editorial a los temas ambientales, proponemos al nuevo ministro una reflexión para su posicionamiento estratégico. Es secreto a voces que la mala política ambiental, que ya lleva 12 años, ha venido acompañada al tiempo de una tragedia: ni siquiera ha producido pasivos políticos en el plazo corto del mercado electoral.

Lo ambiental brilla como retórica para procesos, por ejemplo, como el de la OCDE: quedó demostrado en la práctica que es más una pequeña carga para equilibrar la composición política del gabinete. Argumentar que lo ambiental se debe a las futuras generaciones, o a los colombianos que hoy son menores de edad, no afecta el marketing electoral.

Porque no se escuchan las voces del cliente, que no es otro que el territorio. En efecto, el país está plagado de crisis locales, focalizadas —Casanare, Santa Marta, Santurbán, por citar solo unas cuantas— que no son ambientales en el sentido sectorial, sino sociales y ecológicas como desajustes en la interdependencia del ser humano y la naturaleza. En este sentido, la respuesta, más que eficiente, debe ser educada, es decir, basada en el conocimiento.

Una crisis de agua se puede atender en el corto plazo con carrotanques, o podría ser vista como una oportunidad de negocio para la venta de agua pura, o purificada. Podría generar réditos políticos, sin modificar lo sustancial. En cambio, gestionar una solución durable implica un territorio en el cual el ciclo del agua esté sustentado por ecosistemas sanos y una institucionalidad orientada a la gerencia del bien público ambiental.

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Esto no se logra sino con políticas de Estado y no con planes de Gobierno, que en este caso, una vez izada la bandera de la paz, parecen más de lo mismo. Una agenda ambiental seria, además de la atención de las urgencias que no escasearán, debería contener al menos dos grandes temas de responsabilidad de Estado.

La primera es hacer del agua y la biodiversidad los temas centrales de la nueva estructuración ecológica del territorio, que no es un proyecto sectorial ambiental, sino un derrotero para el crecimiento económico adaptado al cambio ambiental global. Los socios, además de una renovada “gente de la conservación”, son la agricultura empresarial y campesina, las industrias extractivas, el sector hidroeléctrico, la nueva conectividad vial y la Colombia urbana.

Se trata de, literalmente, ambientar el territorio para la paz y el bienestar. Un segundo gran tema es la revisión de la institucionalidad ambiental, que no puede ser vista como sectorial y que debe atender simultáneamente a la creación de una gerencia eficaz, mientras construye su propia legitimidad.

Ambas “locomotoras” ambientales deben basarse en la generación de conocimiento, por lo que cerraría con broche de oro una buena gerencia, con el fortalecimiento de los institutos de investigación del Sistema Nacional Ambiental. ¿Mucho pedir? En realidad no tanto, pues el cliente —el territorio— siempre tiene la razón. Pero hay que saber escuchar.

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