Dice que está muy enferma y así luce: la vimos desnutrida y entubada, con el micrófono de RCN televisión en frente. Sin embargo, la voz no le tiembla cuando amenaza con hablar: que ni la toquen los políticos, asusta, o si no ella revelará los nexos ocultos que ha tenido con ellos. Perdió no sólo la salud, sino también el sentido de la vergüenza propia.
Su poder, de lejos, está intacto. Lo demostró una vez más hace unos días cuando le fue adjudicado el negocio del chance en Sucre. Juegos de Suerte y Azar de Sucre (Emcoazar) le entregó a su empresa el negocio de la explotación del chance por cinco años. Pese a las advertencias de quienes se oponen (comandados por el propio Estado), La Gata luce intocable, imperturbable.
Ni una condena de 37 años de cárcel, por el asesinato de un celador en el año 2000, ratificada posteriormente por la Corte Suprema de Justicia, la trasnocha: “Me condenaron a muerte; 37 de años no los resiste ningún ser humano y menos yo”. Pobrecita. Ahora le salimos a deber cosas: comprensión, atención, entendimiento, impunidad. ¿Qué más quiere, después de tantas barbaridades cometidas?
Ella dice que no aguantaría ni tres años recluida. Medicina Legal, en cambio, la revisó y dijo que no estaba tan enferma como para evadir la cárcel. Tampoco, por lo visto, para no poder planear toda una estratagema jurídica e imponer una eventual acción de revisión para revocar su pena. Con testigos a favor, además. Para eso sí está intacta. Imperturbable, como dijimos.
Por ahí pagan unos. Edwin Romero, exgerente de Emcoazar, fue destituido una vez se supo de la multimillonaria adjudicación. Él mismo había dicho mes y medio atrás que en este proceso iba a primar la transparencia. Palabras, palabras, palabras... Ya vimos. Su cabeza hoy rueda precisamente por la falta de ella.
Por ahí patalean otros. El secretario de Transparencia de la Presidencia de la República, Rafael Merchán, se oye perturbado: “Fuimos testigos de un atropello a la legalidad y un atropello al interés público en Emcoazar. Aquí prevalecieron las presiones mafiosas de La Gata sobre las pretensiones legales. Es inaudito lo que pasó”, se lamenta. Y promete que no se quedarán con los brazos cruzados.
Pero con La Gata se han quedado todos cruzados de brazos, mientras ella sigue oronda haciendo de las suyas: ni autoridades policivas, ni tampoco políticos locales o regionales o nacionales, ni siquiera entidades judiciales, que no ven cómo hacer cumplir sus decisiones. Todos, en fin, arrodillados a sus garras.
“Habíamos advertido que La Gata se iba a meter en ese negocio. Este tema se debió evitar hace mucho tiempo”, dice Merchán. ¿Y qué pasó que se durmieron? ¿Por qué La Gata, incluso enferma y desnutrida, todavía manda sobre una licitación de $6.600 millones, que generará ganancias de $9.000 millones? ¿Hasta cuándo operará en las narices del Estado sin que le pase nada? ¿Hasta cuándo este Estado seguirá postrado ante los bandidos, sin capacidad de reacción?
Este episodio nos recuerda, guardadas las proporciones, la muerte reciente de Víctor Carranza. Un hombre que durante toda su vida fue sujeto de cuestionamientos e, igual, lo único que pudo frenarle el paso fue un cáncer. ¿Pasará lo mismo con La Gata, que, a la mejor usanza de su alias, parece tener sus siete vidas bien contadas?