Silenciar a Julian Assange sería un error gravísimo

Desde el principio han buscado silenciarlo, en particular Estados Unidos. Ahora hay riesgo de que se siente un precedente perverso para la libertad de prensa en el mundo. / Foto: AFP

Julian Assange, fundador de Wikileaks, siempre ha sido una figura incómoda y cuestionada. El éxito de su portal, por definición, implica la publicación para conocimiento del mundo entero de aquellos secretos que los gobiernos no quieren que se conozcan. La transparencia radical por la cual aboga ese tipo de activismo digital no comulga con los principios de secretismo con el que operan los Estados a nivel local e internacional. Por eso, desde el principio han buscado silenciarlo, en particular Estados Unidos. Ahora que su asilo en la embajada ecuatoriana en Londres ha sido revocado y que Assange se encuentra bajo custodia, hay riesgo de que se siente un precedente perverso para la libertad de prensa en el mundo occidental.

Fueron siete años los que Assange estuvo recluido en la embajada de Ecuador. Inicialmente pidió asilo cuando el Reino Unido decidió conceder una petición de extradición presentada por Suecia, país en el que tiene dos investigaciones, una por acoso sexual y la otra por violación. Aunque el equipo legal del fundador de Wikileaks siempre se ha prestado para responder a los pedidos de la justicia sueca, el temor era que, al momento en que pisara ese país, fuera extraditado a Estados Unidos, donde lo buscan por conspiración. No es, entonces, un caso sencillo.

Es necesario hacer varias precisiones. Por supuesto que Assange debe responder por las acusaciones de violencia sexual en su contra. Es lamentable que esos casos no hayan podido adelantarse y que a las víctimas se les haya negado el debido proceso. También hizo mal el fundador de Wikileaks al romper la libertad bajo fianza concedida por el Reino Unido: en efecto, nadie está por encima de la ley. Finalmente, es entendible que Ecuador se haya sentido incómodo con el incumplimiento de las reglas dispuestas para mantener el asilo en la embajada.

Debemos agregar, también, que desde este espacio hemos criticado las malas prácticas periodísticas de Assange, como publicar indiscriminadamente documentos que contenían información sensible que no tenía relevancia pública.

Dicho eso, es ingenuo creer que esta situación responde exclusivamente a la preocupación de las autoridades británicas por una fianza rota. En efecto, cuando se oficializó la captura, se dio a conocer que hay un pedido de extradición de Estados Unidos por Assange. El delito es haber ayudado a Chelsea Manning a romper una contraseña. En realidad, lo buscan por haber puesto en evidencia las peores prácticas del gobierno de ese país.

Desde que llegó a la Presidencia de Ecuador, Lenín Moreno quería deshacerse de Assange, a quien veía como una herencia del cuestionado Rafael Correa. Se especula que hubo presiones por parte de Estados Unidos y del Reino Unido, además de otros países afectados por las publicaciones de Wikileaks, para que Moreno retirara el asilo. No ayudó, imaginamos, que el portal de Assange empezara a publicar información que no dejaba bajo la mejor luz al presidente ecuatoriano.

Sobra ver el historial de publicaciones de Wikileaks para entender por qué hay tanto interés en enjuiciarlo. Cerca de 250.000 cables diplomáticos de embajadas de Estados Unidos en todo el mundo obtenidos por esa plataforma fueron publicados en medios reconocidos de todos los países, El Espectador entre ellos. Incluso desde el asilo, Wikileaks continuó publicando detalles de las tácticas de Estados Unidos durante negociaciones comerciales, del espionaje a diplomáticos de otros Estados y de los métodos empleados por la CIA, agencia de inteligencia estadounidense, para hackear a sus objetivos.

Hay una distinción clave: Wikileaks no fue quien obtuvo esta información a través de métodos ilegales, sino la plataforma que las recibió y decidió publicarlas. En eso, su labor es idéntica a la de cualquier otro medio de comunicación, protegido por las leyes de la libertad de expresión y, más importante aún, sin haber cometido crimen alguno. La extradición de Assange enviaría entonces un mensaje preocupante para todos los que se atreven a prender alarmas en el mundo: sus esfuerzos serán castigados. ¿De verdad queremos ese precedente en nuestras democracias?

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