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Sin agua

No se trata de un pequeño pueblo de Brasil, ni mucho menos, y por eso mismo la dimensión del problema es tan impresionante a primera vista: São Paulo, el estado más rico de Brasil, está a punto de quedarse sin agua por cuenta de la falta de lluvias y la peligrosa condición de la represa Cantareira, que abastece a 14 millones de personas que viven en la ciudad pero está hoy al 3,5%.

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El Espectador
27 de octubre de 2014 - 03:00 a. m.
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Dos cosas han incidido para que la crisis del agua sea hoy, cuando Brasil ya tiene un nuevo presidente que debe afrontar la problemática, y no haya sido atendida con los recortes y las políticas impopulares que merece: el Mundial de Fútbol (¿cuánto le pesará a este país el evento?) y las elecciones mismas: esas tendencias en las encuestas que experimentaron ambos candidatos cuando la tierra empezó a cuartearse. Pese a que esas dos circunstancias son evidentes, se refuerzan en gran medida cuando uno oye a un empresario como Sidney Trindade, hotelero, contándolo como el quiebre absoluto de su negocio. No es fácil la cosa. Para nadie. Es agua.

Tal y como lo dijimos en un informe de este diario el viernes, ese fantasma terrorífico de las llaves sin agua es el que empieza a asomarse para una ciudadanía temerosa de quedarse sin algo vital para su funcionamiento no sólo humano sino social, urbano, de conglomerado. Sin un sustento básico. Sin un derecho, si se quiere. Los recortes (“encubiertos”, que llaman los suspicaces) están a la orden del día: negados con insistencia por parte de las autoridades, por supuesto, son confirmados por las encuestas que allí se hacen: el 38% de la población dice que los ha sufrido. São Paulo podría pasar de la riqueza a la pobreza en cuestión de unos días.

La situación, claro, no solamente es ejemplarizante para un país biodiverso como Colombia, sino que debe generar una conciencia generalizada a nivel mundial. No es poco lo que se pierde con la tala indiscriminada de bosques y de selvas, por ejemplo. Este diario entrevistó hace unas semanas a Antonio Nobre, uno de los más reputados científicos en temas que tocan a la Amazonia, y él, sin empacho alguno, dijo que había advertido a sus compatriotas sobre el precio que pagarían si no dejaban de talar y talar en ese territorio. Quedó dicho con precisión en el informe de este diario: “Según su teoría, basada en múltiples estudios del microclima regional, la selva, con sus más de 400.000 millones de árboles, es una bomba natural que lanza millones de litros de agua a la atmósfera. Si esa bomba natural comienza a fallar, las lluvias pueden desaparecer en otros lugares”.

Pero hay más. No solamente se trata de prevenir un pánico y una crisis generalizada haciendo caso a medidas de la OMS (un número de litros precisos en épocas de escasez) o impuestos altos a quien desperdicie el agua de forma indiscriminada (algo que aquí no ha hecho mella), sino aplicar herramientas que el derecho prevé para las nuevas tecnologías y su uso: poco sabemos en Colombia del principio de precaución, que opera cuando hay evidencia científica de que una actividad puede generar daño, la gravedad de dicho daño, o que subsisten incertidumbres a la hora de evaluar lo que podría generarlo.

Si bien todo esto suena muy abstracto, resulta lógico a la hora de planificar políticas públicas que, como muchas que se han cuestionado, generales y específicas, podrían acabar con las fuentes de agua. Que no estemos con el fantasma de una llave seca a la vuelta de la esquina para empezar a planificar el territorio, teniendo en cuenta las fuentes de agua. Aquí hay un mensaje. Un posible aprendizaje.

Por El Espectador

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