Sin norte

Para el Gobierno anterior, considerar la gestión ambiental como un obstáculo para el crecimiento económico era la regla. Era una cosa de discurso. El exministro Fernando Londoño acusó a los ambientalistas de terroristas.

Nunca fue desmentido. Durante ocho años el país vivió un consistente desmonte de la institucionalidad ambiental. Un conocedor lo alertó: “siembra desregulación y cosecharás conflictos socioambientales”.

Hoy es evidente que el país está plagado de descontento social relacionado con las debilidades prominentes de la gestión ambiental. Sin embargo, el hecho de que algunas de las locomotoras de la “prosperidad para todos” no hayan arrancado o estén retrasadas por temas socioambientales, no implica que el fundamentalismo ambiental esté ganando terreno.

Algunos de los temas más sentidos en la conciencia ambiental, como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y la degradación del ciclo del agua, ya son parte constante de discursos políticos nacidos en el corazón del establecimiento. ¿Qué nos ha sucedido? El presidente Santos arrancó con mayor pragmatismo al reconocer que se trata de temas vitales en el mundo político. A la vez quiso navegar entre un ambientalismo de mostrar y el crecimiento económico con base en sectores insuficientemente regulados.

Inició su gobierno con un símbolo fuerte: obtener el aval de los “hermanos mayores” a través de los mamos de la Sierra Nevada, gesto que generó un compromiso moral y que ha sido usado para dirimir el desliz de la administración de parques de promover la construcción de hoteles dentro del Parque Tayrona. Unos meses después, la “maldita Niña” —como Santos llamó a la inusual temporada de lluvias— obligó a cambiar su plan de gobierno, a crear paliativos, a realizar soluciones a corto plazo, pero no se vio como la oportunidad perfecta para repensar la gestión ecológica de nuestro territorio.

Por lo pronto, la gestión ambiental del día a día sigue sin norte, con tres ministros en esa cartera y un desempeño no prometedor. En medio de la apretada agenda legislativa, no será este el momento para la anhelada reforma de las CAR. El desbalance entre una nueva y fortalecida Agencia Nacional de Licencias Ambientales —lo ambiental como trámite— y un débil Ministerio del Medio Ambiente y el Desarrollo Sostenible —lo ambiental como política pública— es la señal más clara de esta trayectoria sin norte para un tema que afecta a toda la sociedad.

Mientras tanto los conflictos socioambientales en el territorio siguen desmintiendo la retórica ambiental en que frecuentemente cae un gobierno, el cual no ha entendido que la esencia de la legislación en esta materia, y que ya tiene varias décadas, es la prevención del daño ambiental.

La acción ambiental del gobierno Santos, hoy manifiestamente desgastada, requiere un redireccionamiento. Contar con un gobierno entendido y comprometido con los asuntos ambientales, que son la base del único desarrollo deseable, es otra vez sólo una esperanza. La reconstrucción del discurso ambiental, como un propósito para la paz, podría ser ese norte. Pero las brújulas, que parecen manipuladas, marcan hacia otra dirección.

 

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