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Siria se desangra

La llamada Primavera Árabe continúa abriéndose paso a sangre y fuego en Siria, en medio de la brutal represión del régimen para ahogar el levantamiento, que ya ha llegado a escaramuzas militares en la periferia de Damasco.

El Espectador

02 de febrero de 2012 - 06:00 p. m.
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Mientras tanto, en la ONU, Rusia tiene bloqueada una resolución que podría solucionar el conflicto, previa la salida de Bashar al Assad, y la cifra de muertos aumenta cada día.

El tema de Siria tiene similitudes y diferencias con lo que pasó en otros países del área, como Egipto o Libia, lo que no hace fácil determinar cuál será el futuro de la actual crisis en ese país. El régimen dictatorial instaurado por la familia Al Assad se solidificó con el apoyo de su grupo tribal, los alauíes, y los suníes, que constituyen a su vez la base dura del ejército. Del otro lado están los bastiones fuertes de la oposición, compuestos por grupos civiles en zonas cercanas a las fronteras con Líbano y Turquía, especialmente en las ciudades que han puesto hasta el momento el mayor número de civiles muertos: Deraa, donde comenzó la revuelta en marzo pasado, y Homs. En los últimos meses se han sumado soldados desertores que forman un ejército de liberación y han escalado las protestas a verdaderos enfrentamientos armados.

Ante el incremento de la violencia, y en la medida en que el tema se le fue saliendo de las manos al gobierno, el tema pasó a la Liga Árabe y a Naciones Unidas, vía Consejo de Seguridad, sin mayores avances, debido a que el interés se centraba en Libia. Caído Gadafi, las miradas se han posado de nuevo sobre Damasco y ambas organizaciones han vuelto a jugar un papel importante, aunque no necesariamente efectivo.

En el caso de la Liga, se envió una misión de observación, cuestionada por la oposición, la cual terminó retirándose por falta de garantías, lo que llevó a los países árabes en su conjunto a proponer un plan inmediato que prevé la salida de Al Assad del poder y que el vicepresidente forme un gobierno de unidad nacional sin exclusiones. Como era de esperar, el rechazo del gobierno fue total y el dictador se aferra al poder utilizando toda la fuerza militar de uno de los ejércitos más poderosos del Medio Oriente.

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Por el lado de la ONU las cosas no van mejor. Francia y Gran Bretaña, con el apoyo de EE.UU., se han hecho eco del plan propuesto por la Liga Árabe y lo han impulsado infructuosamente pidiendo que se pueda “facilitar una transición hacia un sistema político plural, democrático, en el que los ciudadanos sean iguales independientemente de su filiación, grupo étnico o creencias, incluso a través de iniciar un diálogo político entre el gobierno de Siria y todo el espectro de la oposición bajo la supervisión de la Liga Árabe”. China, que en un principio se opuso a cualquier tipo de decisión en contra de Damasco, ha moderado su posición. Sólo Rusia, antiguo aliado y eficiente proveedor de armas, se opone a cualquier tipo de resolución, amenazando con hacer uso del veto. Así las cosas, el juego parece quedar temporalmente en tablas.

¿Cuáles son las opciones? Según los analistas, las mismas pueden ir desde una guerra civil generalizada y la división del país en varios “feudos” hasta la implosión del régimen, la huida de Al Assad y la conformación del gobierno de unidad nacional con manejo de sectores cercanos al régimen. La opción de una intervención militar no debería descartarse, aunque no se le ve posibilidad a corto o mediano plazo. Lo que agrava la situación es que el vecino Irán apoya al régimen sirio y, ante las amenazas de nuevas sanciones contra Teherán debido a su programa nuclear, un movimiento mal calculado podría desencadenar una reacción en cadena para una región que ha sido descrita reiteradamente como un polvorín.

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Por El Espectador

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