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3 Jun 2015 - 4:00 a. m.

SITP: lo que falta

UNA CIUDAD CON UN SISTEMA DE transporte centralizado refleja probablemente el símbolo más visible de la modernidad urbana: es, por no irnos muy lejos, parte de lo que espera una persona corriente cuando llega a un lugar nuevo.

El Espectador

Un sistema de acceso fácil, útil, ecológicamente amable, que llegue a distintas partes de la ciudad sin mayor problema ni explicación. Sin pierde. Eso es, justamente, y al menos en teoría, lo que busca la implementación del Sistema Integrado de Transporte (SITP) en Bogotá. Si tal cosa existiera a carta cabal, al contrario de lo que en la ciudad ha predominado por décadas, podrían acabarse distintas conductas que redundan en la inmovilidad urbana: se acabaría, por ejemplo, la antipática “guerra del centavo”, que genera prácticas de conducción (y de corrupción, en su sentido más puro) perversas; se acabaría, también, eso de los buses frenando en la mitad de una calle para recoger a alguien que alza la mano muy lejos de un paradero permitido. Sumando los minutos perdidos en estas dos actividades transversales ganaríamos mucho. Los expertos de la movilidad suelen hacer énfasis en las pequeñas cosas que, eliminadas, contribuirían a gran escala a una movilidad más eficaz.
 
Si bien hay que enfatizar que los ciudadanos deben prepararse para este nuevo estilo de vida (aprender las rutas, comprar las tarjetas, probablemente caminar más de lo acostumbrado), lo cierto es que, primero, antes de todo eso, hay que crear la situación: generar la oferta. Dicha oferta, como podemos ver, aún está incompleta.
 
Se suponía que el pasado 1º de junio los ciudadanos de Bogotá sólo encontrarían buses del SITP recorriendo las calles. Pero no: los viejos siguen su marcha, haciendo que esa modernidad prometida sea, una vez más, apenas una esperanza a futuro. Otro plazo. Uno más: en marzo el alcalde Gustavo Petro dijo que en esa fecha terminaría la “operación de transporte tradicional de la ciudad”. Luego, digamos, se moderó: que no, que sí transitarían pero cubriendo las rutas provisionales del SITP. El panorama es otro al día de hoy, sin embargo: Transmilenio asume el control de los buses viejos, pero sólo en el papel. Una de esas cosas jurídicas que no afecta en nada la realidad del día a día ciudadano. Al menos no por encima: el Distrito piensa llevar esos vehículos a donde el SITP llega con muchas dificultades: Ciudad Bolívar, Fontibón. Hoy no, claro. Sergio París, el gerente de Transmilenio, le dijo a El Espectador que a partir de la segunda quincena de junio. Otro plazo. Uno más.
 
Y que luego, las tarjetas de operación de esos buses viejos (digamos, unos 5.000 buses viejos) se cancelarán de forma paulatina hasta la prometida chatarrización. Eso, por ahora, y con mucha suerte, se hará en noviembre de este año.
 
Todos los anuncios se han hecho bajo esa terminología administrativa de aplazamiento: son cuatro los gerentes de Transmilenio que durante la alcaldía de Gustavo Petro han hablado del tema con palabras como “gradual”, “transición”, “dificultad”, “adaptación”. Eso ocasiona, sin duda, que el proceso pierda la credibilidad que hoy necesita: ¿sí podrán cumplir sus plazos esta vez? Esperamos que nuestra incredulidad quede acallada ante las ejecuciones.
 
 
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