
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Inaceptable y absurda, por decir lo menos, la actitud de un grupo de antitaurinos que decidió atacar la plaza de toros César Rincón, en Duitama (Boyacá), con la esperanza de sabotear el inicio de la temporada de corridas de toros en esa ciudad el próximo fin de semana. Lo ocurrido es el ejemplo de la clase de violencia irracional que la sociedad colombiana tiene que empezar a controlar si desea alcanzar un estado de paz entre sus ciudadanos.
Los hechos son lamentables. Un grupo de personas, que supuestamente lanzaban arengas en contra de los toros, agredió físicamente al encargado de la plaza, el novillero Pablo Barrera, quien resultó herido. Además, le prendieron fuego a la taquilla número 5, rompieron varios vidrios y vandalizaron las paredes del lugar con mensajes en defensa de los toros y contra la tauromaquia. De nuevo: inaceptable.
No deja de ser paradójico que personas cuya motivación es criticar el maltrato contra los animales no tengan reparos en emplear la violencia para hacer valer sus puntos de vista. Lastimosamente, en este país, este es apena uno de muchos casos en los cuales las vías de hecho son vistas como el mecanismo adecuado para buscar la reivindicación de ciertas posiciones. El otro se vuelve sinónimo de enemigo y el fin justifica los métodos. Cuando suceden hechos como el ocurrido en Duitama, pierde el país entero, pues continúa el mensaje de que la violencia es nuestro modus operandi predilecto. El rechazo debe ser contundente.
No sobra la aclaración: estos vándalos no representan el movimiento antitaurino colombiano, que ha buscado múltiples medios legales para prohibir la tauromaquia. Así, en el debate público y con igualdad de condiciones, es que deben darse estas discusiones, que no son menores pues apuntan a los principios rectores de la sociedad. Su posición es respetable y es verdad que los animales, en general, han sido olvidados en el desarrollo de nuestra sociedad.
Dicho lo anterior, y aprovechando el contexto, tenemos que repetir nuestra posición sobre este asunto, que le hace eco a la Corte Constitucional: la tauromaquia, por más detestable que les parezca a algunos, es una actividad cultural protegida y las personas que la disfrutan tienen derechos que no pueden ser afectados por el deseo de una mayoría. Las iniciativas de consultas populares, que surgen en cada ciclo electoral o cuando un político necesita una bandera para llamar la atención, son una forma inadecuada de enfrentar el asunto.
Aquí la lucha es más abstracta y debe darse en el campo de la conciencia social. En otras palabras: la mejor manera que los antitaurinos tienen de acabar con la tauromaquia es convenciendo al país entero de que es una actividad que no debe ni celebrarse ni apoyarse. Es un proceso más demorado, por supuesto, y no garantiza el éxito rotundo que una prohibición autoritaria conseguiría, pero es el método que respeta los principios democráticos que rigen en Colombia.
En cualquier caso, lo que sí es claro es que la violencia es inútil. ¿Hay discursos dentro del movimiento antitaurino que están fomentando este tipo de radicalismos? Esa es la pregunta que cualquier movimiento ideológico tiene que hacerse.
Por favor, que noticias como esta no se repitan, menos en el año en que por fin parece que vamos a pasar la página del conflicto armado.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.