De repente, y con esta noticia, se despertó en la sociedad colombiana una inusitada comprensión colectiva de lo que un desplazado es y necesita para sobrevivir su vida después del conflicto. Pero resulta que no tanto: esa es la ruta sutil que, en este caso, eligió la discriminación para filtrarse dentro de la opinión pública. Una ruta que ha tenido eco y megáfono en los medios de comunicación: el nivel del debate, por ahora, está marcado por prejuicios severos en contra de la integración social de ricos y pobres.
Entendible, por otra parte. Ese es el resultado de la desigualdad que se manifiesta en Bogotá (y en una gran parte de Latinoamérica, según los estudios más atinados que hay al respecto) en la segregación residencial: esa concentración de grupos sociales en distintas zonas de la ciudad. Cuando el origen de esa partición del territorio se da por motivos económicos, pasan cosas malas: se reproducen las desigualdades, aumentan los prejuicios de clase, se generan dinámicas sectarias entre un grupo y otro.
Como puede leerse en un documento publicado en el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía de Naciones Unidas ( Jorge Rodríguez y Camilo Arriagada lo firman), esa separación “aísla a los pobres”. Dicho en cristiano: los aleja de las oportunidades, visiones del mundo y contactos que pueden promover algún tipo de movilidad social en sus propias vidas. Los deja inmersos en el círculo de la pobreza.
Así que no, no es descabellado proponer que pobres y ricos convivan en un mismo barrio. Al contrario, es provechoso para generar dinámicas que redunden en una cohesión social mayor. Así es como empiezan a generarse vínculos que vayan más allá de los prejuicios de origen social: que un cuadrante de la ciudad tenga ambos mundos implica un aprendizaje mutuo, una posibilidad de convivencia ejemplar.
Claro que no va a ser fácil. Y claro que tiene que haber un plan serio, más allá de la idea de poner un ladrillo sobre otro: accesibilidad, coherencia de la arquitectura (no puede volverse, tampoco, un muro que divida un barrio en dos pedazos), zonas comunes de esparcimiento, comercio zonal ampliado. Y lo más importante a nuestro juicio, tal y como se lo dijo a Blu Radio Édgar Cataño, director de ONU-Hábitat Colombia: “estos procesos deben ser altamente concertados con la comunidad, para que sea un proceso espontáneo y que se le dé una solución más estructural de mediano y largo plazo a la gente que llega a habitarlo”.
La idea está ahí. Ojalá no sea solo eso: una idea novedosa y positiva que se cristalice en una implementación desastrosa. De hacerse mal, todas esas opiniones perversas quedarían totalmente justificadas: talladas en piedra por la eternidad.