Tasajera exige respuestas

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Tasajera, en Puebloviejo, a orillas de la Ciénaga Grande de Santa Marta, está en medio de dos tragedias. La primera, la más visible, la que despertó al país entero, fue la explosión de un camión cisterna que hasta ahora ha dejado a 13 personas muertas y decenas más heridas, con quemaduras severas. La segunda, la más antigua, es la de la desigualdad social, el abandono estatal y la falta de oportunidades de una población pesquera que con el paso de los años se ha quedado sin cómo subsistir y sin respuestas para sus quejas. Colombia, que se sienta a la mesa con los países más ricos del mundo en la OCDE, está lejos de poder cantar victoria cuando hay tantas personas asfixiadas por la pobreza, cuando hay tantas poblaciones similares, regadas por nuestra geografía, abandonadas por las promesas del “progreso”.

Sobre la explosión, nos parece que los debates inanes que surgieron en redes sociales son una afrenta a las víctimas y sus familiares. Ante hechos horribles, ante el sufrimiento latente, la única respuesta es honrar la memoria de quienes fallecieron. Los llantos de los familiares que siguen buscando a los suyos y el traslado frenético a distintos sitios de atención nos exigen como país ser solidarios. Expresamos nuestras condolencias. No hay palabras suficientes para describir el horror y el dolor que hemos experimentado.

Sí es necesario que hablemos de Tasajera. Este país tiene una larga historia de solo acordarse de sus poblaciones abandonadas cuando ocurren tragedias. Y ahora que la lupa está sobre esta zona, la imagen es angustiante. Se trata de una población sin alcantarillado, donde el servicio de agua potable no supera el 40 % de cobertura, donde hay conexiones eléctricas mal hechas, donde los políticos han prometido y prometido, pero no han cumplido, donde no existen oportunidades laborales. En el dolor de sus pobladores están las consecuencias de un Estado fallido. ¿Cómo es posible que esto ocurra en la Colombia que se sueña moderna y próspera?

Hablando con Semana, el antropólogo e investigador Lérber Dimas da un diagnóstico terrible: “La gente vive entre la basura, sin ningún servicio básico. Con agravantes de violencia intrafamiliar, problemas de embarazo adolescente y de exclusión. Por ejemplo, los bloqueos de la vía son la única forma que han encontrado para pedir derechos que les han sido negados, como la energía eléctrica y el agua. Eso ha hecho que los estigmaticen como pueblos violentos”.

Ante el desespero, la inacción es una forma de crueldad. Eso es lo que debe quedarnos después de lo que pasó. Muchas preguntas están abiertas: ¿los entes de control han estado pendientes de que los recursos asignados se empleen de manera adecuada? ¿Qué ha hecho la Gobernación como plan de choque para esta población en riesgo? ¿Qué hará el Gobierno Nacional para revitalizar esta zona, más aún en medio de una pandemia donde las necesidades se hacen más urgentes? Que la tragedia y la preocupación nacional desemboquen en cambios fructíferos.

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