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Tras el doloroso atentado

Como una grave ofensa fue recibido por la opinión pública el ataque de las Farc en el Parque Nacional Natural Isla de Gorgona y el asesinato de un miembro de la Policía allí estacionados.

El Espectador

03 de diciembre de 2014 - 11:00 p. m.
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De un lado, por el carácter civil de ese puesto de guardia, cuya principal función es el apoyo a la misión del área protegida, y del otro, por el carácter patrimonial de esta isla querida por los colombianos.

En la relación entre los asuntos ambientales y el conflicto armado no todo se ha dicho. Sólo una pequeña parte —aunque fundamental— ha llegado a los acuerdos de La Habana: el cierre de la frontera agrícola y el control de la deforestación. Asuntos que tienen que ver directamente con el origen agrario del conflicto armado. Sin embargo, otras dimensiones ambientales importantes no hacen parte del esperado acuerdo final. Entre ellas, el futuro de las áreas protegidas, en especial las que hacen parte del Sistema de Parques Nacionales Naturales, que se han visto vulneradas en medio del conflicto.

Para la población ya no se trata sólo de montes que sirvieron de refugio estratégico y de provisión en medio de la guerra, sino principalmente, nada menos, de naturaleza protegida como resultado de una decisión de la sociedad. Gorgona, desde esta perspectiva, representa un importante hito.

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El parque, creado en la administración de Belisario Betancur, estaba llamado a convertirse en una “isla ciencia”, para contribuir al conocimiento, cumpliendo así uno de los objetivos de constitución de estas áreas. En tiempos más recientes se presentó una controversia sobre el tipo de servicios turísticos que se prestaban en la isla a través de una concesión privada. Con todo, la conservación y recuperación de esta naturaleza espléndida la hacen una de las joyas de la corona de la conservación en Colombia, que hoy, lamentablemente, se ha convertido en otra víctima de nuestro conflicto. Ha dicho la directora de la Unidad de Parques, Julia Miranda, que con este ataque se echaron para atrás décadas de trabajo.

Pero esta es sólo una parte de un capítulo mayor. La huella ecológica del conflicto en los parques nacionales naturales no se ha dilucidado: es un tema que, si bien no está en la agenda del fin del conflicto, sí deberá estar en la de la construcción de la paz. Un grave deterioro por el conflicto acusan importantes parques nacionales naturales como La Macarena, Los Picachos, Tinigua y Catatumbo, para citar sólo algunos de ellos. Su ubicación en medio del fuego cruzado los ha alejado no sólo del disfrute de la mayoría de los colombianos sino de la capacidad del Estado para cumplir sus propósitos de protección natural.

¿Se respetara el carácter específico que les da la ley a estas áreas en los procesos de paz? ¿O acaso, de manera desafortunada, coincidirían las partes enfrentadas en que al país “se le fue la mano” en cantidad y extensión de estos parques, por lo que no habría problema en atravesarle algún proyecto de infraestructura o de asentamiento campesino?

Olvidan las Farc que los acuerdos del conflicto deben ser ratificados no sólo por la población campesina sino por una mayoría urbana que ya reconoce en los parques nacionales un elemento insustituible del patrimonio de la Nación. Se equivocan políticamente en hacer del bien público ambiental un botín de guerra. La tristeza que dejó en muchos colombianos este atentado tampoco ayuda a la construcción de la paz.

Por El Espectador

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