El resultado de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas ha dado un respiro importante al país y a Europa, en la medida en que la reelección del centrista Emmanuel Macron por un amplio margen, 58,4%, aleja el fantasma de la ultraderecha de Marine Le Pen. Al menos por ahora, pues ella obtuvo casi un 42 % de los votos, demostrando el preocupante ascenso de una tendencia ultranacionalista, xenófoba, euroescéptica, populista y cercana a Vladimir Putin. En junio se llevarán a cabo los comicios para el Congreso, que definirán la conformación del Legislativo y quién será el primer ministro.
Macron enfrentará varios retos en este nuevo quinquenio, comenzando por tratar de restaurar la unidad en una Francia profundamente dividida en tres corrientes antagónicas. No será una labor fácil pues, más que un voto a favor suyo, lo que hubo fue un rechazo al fanatismo de la ultraderecha. El centro del reelecto presidente sufrirá los embates del nacionalismo populista de Le Pen y la izquierda populista de Jean-Luc Mélenchon, mientras que los tradicionales partidos Socialista y Republicano, que ocuparon hasta ahora el espectro político, sufrieron una estruendosa derrota. Lo cierto es que al reelecto presidente se le achaca un manejo excesivamente presidencialista, arrogante para sus críticos, y que debió afrontar en su primer período los problemas de la pandemia y las protestas sociales de los Chalecos Amarillos.
Como otra buena noticia está que durante los próximos cinco años Francia mantendrá su actual posición en materia de política internacional. No es poco, pues el país europeo es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, cuenta con armas nucleares, como uno de los socios más importantes de la OTAN ha sido firme en contra de Putin tras la agresión a Ucrania y mantiene su vocación europeísta, como artífice, junto a Alemania, del exitoso proceso de integración en el Viejo Continente. En este sentido, los países europeos y las naciones democráticas del mundo cuentan con la certeza de un manejo sensato desde el Elíseo.
De momento, los tres principales partidos: En Marcha, de Macron; Agrupación Nacional, de Le Pen, y Francia Insumisa, de Mélenchon, se preparan para lo que se considera la tercera vuelta, dado que la conformación del Congreso definirá el juego político en el siguiente quinquenio. Tanto la ultraderecha como la izquierda populista han dicho, de cara a los comicios de junio, que continuarán con su crítica a Macron y sus políticas, por lo cual no se avizora una disminución de las tensiones actuales. La posibilidad de que se generen consensos sobre los temas más importantes se ve muy lejana, pues el nuevo panorama que se está configurando ha permitido que el gran descontento electoral divida al país de manera difícilmente cohesionable. Marine Le Pen, que de un 18 % alcanzado hace 20 años por el movimiento que fundó su padre ha llegado ahora al 42 %, dijo que “el resultado de esta noche representa por sí mismo una victoria esplendorosa (…) Millones de compatriotas han elegido el campo nacional”. Aunque ella esperaba un resultado mejor en las urnas, no le falta razón frente al importante aumento de sus electores, y es ahí donde radica el principal peligro en cuanto a la posibilidad de un eventual triunfo suyo o de su partido a futuro.
Otro tema importante a tener en cuenta es el nivel de abstencionismo, alto para los estándares franceses, cercano al 28 %, así como el voto en blanco, lo que demuestra que un buen número de los votantes no se sintieron atraídos por ninguno de los dos candidatos y que el triunfo de Macron, que obtuvo una tercera parte de los votos en la primera vuelta, se debió a electores de la izquierda populista de Mélenchon o a algunos indecisos temerosos del nacionalismo populista de la señora Le Pen. Como hecho curioso, desde que se redujo el mandato presidencial de siete a cinco años, Macron es el primer presidente en ser reelecto.
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