Recep Tayyip Erdogan, su presidente, contará así con mayoría en el parlamento turco, garantizando un tercer mandato en representación de los islamistas moderados y separándose del legado de un estado laico que dejó hace casi un siglo Mustafá Kemal Attaturk. Sin embargo, su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) no alcanzó las dos terceras partes del legislativo necesarias para reformar la Constitución, lo que lo obligará a negociar con la oposición socialdemócrata del CHP. Los éxitos que lo preceden le han permitido triplicar la economía y afianzar la política exterior autónoma de un país con 74 millones de habitantes, bisagra entre Europa y Asia y que tiene fronteras, entre otros, con Siria, Irak e Irán, lo que lo convierte en un referente con creciente influencia en la convulsionada zona.
Con un perfil externo medio hasta hace unos años, jugando dentro del marco de la OTAN, enemistado por ello con la mayoría de sus países vecinos hasta hace una década y con gran cercanía a la Unión Europea, sin lograr por ello su ingreso al club europeo debido a problemas internos de derechos humanos —en especial con cerca de 60 periodistas en la cárcel, así como la compleja situación de los 15 millones de kurdos que tiene en su territorio—, Turquía prefirió ser entonces un aliado estratégico de Estados Unidos e Israel. Sin embargo, Erdogan dio un gran giro en sus relaciones internacionales y luego de desligarse de sus “alineamientos automáticos” con estos dos países optó por acercarse a sus pares de los países árabes vecinos e, incluso, con una posición más abierta y conciliadora frente a Irán en el conflicto que enfrenta a dicho país islámico con Occidente por el tema de las armas nucleares. En este campo abanderó con el Brasil de Lula una infructuosa gestión para darle un compás de espera a Teherán, antes de imponerles sanciones a los iraníes ante su dilatada respuesta tras los requerimientos que se habían formulado en el marco de la ONU.
Justo en este momento, en medio de las revoluciones libertarias y de mejora de las condiciones sociales y económicas que sacuden a varios de los países del Medio Oriente y del Norte de África, los analistas internacionales ven a Turquía como un modelo a seguir, pues se ubica en un justo medio entre las dictaduras corruptas de algunos de los países de la región y los gobiernos, o movimientos terroristas, que hacen del fundamentalismo islámico un peligroso referente para los pueblos que buscan una nuevo norte al cual asirse. El hecho de demostrar que se puede conciliar la democracia representativa con el crecimiento económico y el bienestar social, así como contar con una política exterior autónoma, perfilan un tipo de estado moderno, viable y sólido. Hay que destacar que en el cambiante tablero del ajedrez regional Erdogan ha endosado, un poco a regañadientes, los ataques de la OTAN a Libia, país con el que tenía excelente relaciones comerciales, y ha debido endurecer su posición frente a Siria, otro aliado económico, ante la brutal represión que el régimen dictatorial de Assad ejerce contra su pueblo, en especial en días recientes en zonas fronterizas con Turquía.
Es dentro de este panorama que el gobierno de Ankara ha optado por el pragmatismo y ha preferido mantener una posición cercana a Occidente dentro del cambiante escenario regional, en especial para asegurar su ingreso definitivo a la UE. De esta manera Erdogan afianza su liderazgo a pasos agigantados y podrá concluir su tercer mandato dejando un país sólido en lo interno y claramente posicionado para recobrar parte de su prestancia durante el Imperio Otomano.
Turquía se afianza
TURQUÍA APOSTÓ MAYORITARIAmente por la continuidad en su gobierno el domingo pasado y sigue posicionándose como una potencia emergente en una zona del mundo que no sólo tiene especial relevancia por su ubicación estratégica y sus recursos energéticos, sino por los cambios acelerados que se viven dentro de la llamada "Primavera Árabe".
El Espectador
14 de junio de 2011 - 06:00 p. m.
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