Un debate a golpes

El candidato republicano decidió utilizar de nuevo la estrategia según la cual la mejor defensa es un buen ataque.

Pese a todos los ataques de Donald Trump, Hillary Clinton parece afianzarse en el liderato de la campaña a la Presidencia. / Foto: EFE

El segundo debate presidencial que sostuvieron Hillary Clinton y Donald Trump se asemejó más a una contienda de lucha libre que a una respetable confrontación de ideas. Los golpes de todo tipo, en especial los que lanzó a diestra y siniestra el magnate, le restaron la altura que deberían tener este tipo de acontecimientos. Los estadounidenses lo recordarán como el encuentro más intenso y bajo en los anales de su historia electoral.

El candidato republicano vivía su momento más difícil en la actual campaña. En los últimos días recibió serias acusaciones que lo tenían al borde del colapso político, lo que generó deserciones y motivó peticiones dentro de su propio partido para que se retirara de la contienda. Primero, por el no pago de impuestos, gracias a argucias procedimentales que en lo ético dejan mucho que desear. Luego, por la filtración de una conversación privada, de hace una década, en la que se refiere a las mujeres en forma más que desobligante. Sin embargo, fiel a su olfato, decidió utilizar de nuevo la estrategia según la cual la mejor defensa es un buen ataque. Unas horas antes del debate en San Luis, apareció en una rueda de prensa junto a cuatro mujeres que habrían sufrido abuso y acoso sexual por parte de Bill Clinton, hechos nunca comprobados. Luego las llevó al encuentro e hizo referencia a ellas durante varias de sus intervenciones. El ambiente era tan pesado que al inicio los dos oponentes evitaron darse la mano.

Las elecciones están a la vuelta de la esquina y los golpes que se dan en este momento las dos campañas pueden ser decisivos. De ahí que la artillería pesada que se habían guardado para la última etapa esté siendo utilizada ahora sin piedad. Trump llevó las cosas al terreno que más le conviene: las ofensas y la descalificación de su oponente. Además de las cuatro mujeres mencionadas, para demostrar que Hillary cohonesta este tipo de actuaciones en su esposo, repitió en varias ocasiones su deseo de poner en la cárcel a la Clinton cuando él sea presidente. Ella se defendió bien cuando le respondió que hacía caso de lo aconsejado por su amiga Michelle Obama: “Cuando ellos se rebajan, nosotros nos elevamos”.

El público del país del norte, y del mundo en general, asiste de esta manera atónito al desarrollo de una campaña que no deja de sorprender cada día por su intensidad. La retórica machista, xenófoba, descalificante, populista, falta de propuestas concretas y llena de lugares comunes, ha sido la constante de Donald Trump. De esa manera ha logrado conectarse con un público mayoritariamente blanco y nacionalista que lo ve como un redentor de la verdadera esencia del ser estadounidense, con su promesa de hacer a su país grande, de nuevo. Al mismo tiempo recoge un odio visceral por la candidata demócrata y la posibilidad de que dicho partido mantenga la Presidencia por otro cuatrienio, luego de los dos mandatos de Barack Obama.

Clinton, que tiene varios esqueletos a su haber, ha resistido bien hasta ahora. Escándalos como el del uso prohibido de su cuenta personal de correo electrónico cuando era secretaria de Estado; su cuestionable actuación cuando la toma de la Embajada de EE. UU. en Bengazi y la muerte del embajador en el ataque; las cuentas no muy claras de la Fundación Clinton, que maneja su esposo, y las acusaciones de que ella aprovechó su cargo para favorecer a potenciales donantes, le han hecho daño. Es percibida por la mayoría de los electores, aun quienes la apoyan, como alguien poco confiable. Sin embargo, se le reconoce como la más capacitada y seria. De momento continúa encabezando los sondeos generales, y debe definir su triunfo en los estados claves de Ohio, Virginia, Florida, Pensilvania y Nevada, que le darían la Presidencia.

Estas últimas semanas serán claves para aclarar el panorama con miras a las elecciones del 8 de noviembre, en las que se juegan cosas demasiado importantes, no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo.

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