Una suma de factores que ponen su vida en un riesgo constante, donde la salida es muy difícil: así son los círculos viciosos. La única forma en la que pueden romper esa realidad aquellos que están inmersos en ella, es con la ayuda de un agente externo: un nuevo círculo, virtuoso, que genere un cambio y luego otro, redundando en lo universal de su existencia. Eso no es fácil, sin duda. Hace falta de eso que llaman la “voluntad política”.
Para los habitantes de la calle hacen falta políticas públicas serias que les cambien sus realidades: el Estado expresándose en su forma ideal. Por tanto, es un alivio que en Bogotá, donde los problemas de la administración no han hecho falta, brille la política que hay (y ha habido) para tratar, de forma humanitaria, a esta población. El esfuerzo vale mucho. La constante de lo que se aplica es el orden público: tratarlos como una suerte de malestar social, de problema que debe ser barrido a punta de seguridad. Garrote limpio. Y no tanto: lo subyacente es la vida misma que llevan, las dificultades que entrañan a raíz de ese mundo que desconocemos todos: esa realidad que solo tocamos por las curvas en las noticias que de mes en mes publicamos los medios. Y ya. Nada más.
Lo real son, por ejemplo, esos testimonios que recopilamos en un artículo de las semana pasada, donde queda retratado el nuevo intento distrital para tratar a los habitantes de la calle: una suerte de hotel (su nombre es Centro Humanidad, diseñado por la Secretaría de Integración Social) donde pueden quedarse a dormir, cepillarse los dientes, comer algo que no provenga de una bolsa de basura. La única condición es que trabajen, así sea en medio de la informalidad. El círculo virtuoso, así, empieza a formarse.
Antes un motel, hoy se trata de una opción para aquellos que se han rehabilitado a través de los programas de la Alcaldía, que deberán sumarse, por supuesto, a otros programas que ya se están planeando: una academia para los habitantes de la calle, por ejemplo, a manera de universidad. Otra idea que está en proceso, como dice Daniel Mora, subdirector para la Adultez de la Secretaría de Integración Social, se trata del “desarrollo individual y personal, enfocado en la atención en salud mental y terapia”, donde el consumo controlado de marihuana, para paliar los efectos del bazuco (la agresividad, la ansiedad), pueda sacar a las personas de manera permanente de esa droga que los postra con susto en las calles durante días enteros.
Para ello sirven de apoyo testimonios valiosos como el de Diego Orjuela: “Duraba cinco o seis días sin dormir, sólo consumiendo bazuco. Cuando se pasaba el efecto y veía una cáscara de fruta en la calle, la recogía y la mordía. Porque uno se convierte en un perro, en un roedor. Comer basura y verse con las barbas largas lo motiva a caer más bajo, a robar. Nosotros, cuando estamos en la calle, somos títeres del diablo”. Suficiente.
Hace falta, entonces, más entendimiento y, por ende, más Estado: que se llenen esos vasos sanguíneos, que se los irrigue con un poco de vida para que broten nuevas oportunidades y nuevas esperanzas. La propuesta, que tiene pies y cabeza en otros países, apenas está empezando. Pero el comienzo va bien. Esperamos que redunde en una política generalizada y seria.