Un lenguaje para la igualdad

Que las personas que necesiten ayuda o servicios del Estado no llamen ‘doctor’ a los funcionarios es ya una manera de acercarse y de mostrar disposición a prestarles atención.

Celebramos que se busquen alternativas para modificar la hostilidad entre los ciudadanos.

Desde el 7 de octubre pasado está prohibido que los funcionarios de la Alcaldía de Cali, incluyendo sus contratistas, utilicen las palabras “doctor” o “doctora” para referirse a alguien, y están promoviendo que utilicen los nombres de las personas o palabras que no lleven jerarquías implícitas. Apoyamos este tipo de medidas que, al forzar una reflexión sobre el lenguaje, abren la puerta para cambiar las relaciones entre las personas.

El alcalde de Cali, Maurice Armitage, firmó un “decreto pedagógico” prohibiendo el uso de las expresiones jerárquicas en todas las comunicaciones de la Alcaldía. Según sus declaraciones, la paz se consigue “generando igualdad, el día que nos dirijamos el uno al otro sin marcas de diferencias vamos a entendernos mejor”. En su mensaje a los funcionarios dijo que “vamos a dar ejemplo en Colombia, que tratemos con igualdad a las personas que vengan a solicitar un servicio a una ventanilla, así sea jefe o quien sea, todos somos iguales y deben servir con el mismo compromiso y efectividad que nos merecemos todos”.

Para empezar a poner en práctica el decreto, Armitage ha pedido que se refieran a él por su primer nombre, Maurice, o incluso con la expresión informal “figura”. Para darle fuerza a esta intervención en la cultura ciudadana, la Alcaldía se ha comprometido a realizar “una acción pedagógica de manera periódica para promover la igualdad a partir de la interacción aleatoria de los servidores públicos de la Alcaldía”.

La medida es interesante pues está dirigida a intervenir en dinámicas que, por lo rutinarias, se invisibilizan, pero que en efecto constituyen obstáculos para mejorar la convivencia ciudadana.

Primero, invita a los funcionarios dentro de la Alcaldía a dejar atrás las formalidades que, antes que respeto, lo que hacen es crear distancia entre ellos. Esa sensación constante de que hay personas más importantes que otras alimenta los abusos verbales y crea hostilidades innecesarias.

Además, rara vez el uso de la palabra “doctor” está justificada por la profesión de la persona a la que va dirigida y lo que hace es reemplazar el acto de aprenderse el nombre del otro. “Tenemos un nombre” decía una pancarta que firmó Armitage el día del anuncio. Ese gesto no es menor, ni puede subestimarse. Tomarse el tiempo de llamar al otro por su nombre es, también, decirle que se le reconoce, respeta y aprecia. Eso, esperamos, ayuda a que se reduzca la hostilidad y haya más cercanía.

Segundo, la faceta de la iniciativa hacia la ciudadanía lleva consigo un simbolismo poderoso. Que las personas que necesiten ayuda o servicios del Estado no llamen “doctor” a los funcionarios es ya una manera de acercarse y de mostrar disposición a prestarles atención. Reconocer lo obvio: que a lado y lado hay personas y que si nos entendemos y nos tratamos mejor se construye paz.

Como país estamos en mora de encontrar formas de reducir la violencia entre los ciudadanos. Sería interesante que otros alcaldes y gobernadores del país adopten la iniciativa de Cali, así como las otras ramas del poder público, a ver si desde el lenguaje empezamos a vernos más allá de las diferencias de cargos y la lejanía impersonal del “doctor” o “doctora”.

 

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