La apertura de la embajada de Colombia en Jerusalén no es un acto de justicia, como lo ha intentado hacer ver el canciller Ómar Bula, y sí es un paso más a seguir aislando a nuestro país de la comunidad de las naciones. Lo que es un claro gesto de apoyo a Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, y a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, muestra el cambio radical en el manejo de nuestras relaciones exteriores. Colombia ha dejado de ser una nación que defiende el derecho internacional y respeta la soberanía de los pueblos para sumarse al pequeño grupo de quienes ignoran la complejidad del horror que sigue ocurriendo en la Franja de Gaza. ¿Qué pasará con nuestro país cuando pierdan poder sus aliados del momento y se encuentre con la hostilidad del resto de naciones a las que estamos irrespetando?
Colombia ya tenía embajada en Tel Aviv, donde se estaba cumpliendo con las necesidades de nuestros nacionales en Israel. No había motivos logísticos ni de bienestar de los colombianos en la región que justificaran el acto de apertura de la embajada en Jerusalén. En contraste, lo que es claro es que el objetivo era dar un golpe político, un espaldarazo a la agenda del gobierno de Netanyahu. No es casualidad que el primer país del mundo que abrió embajada en Jerusalén fuera Estados Unidos, bajo el mandato de Trump. Después le siguieron Guatemala, Honduras, Kosovo, Papúa Nueva Guinea, Fiyi, Nauru y Somalilandia. Colombia es la más reciente adición a esa lista, mientras la Unión Europea y Reino Unido han expresado su oposición, al igual que múltiples países árabes. Una vez más nuestro país se atrinchera en el trumpismo internacional, sin claridad sobre cómo eso beneficia los intereses de todos los colombianos.
No se trata de caer en el antisemitismo. Por supuesto que nuestro país debe ser aliado del pueblo judío y también es verdad que con el Estado de Israel hemos tenido buenas relaciones históricamente. Pero este acto tiene un contexto que no se puede obviar y que tanto el canciller Bula como el presidente Abelardo de la Espriella conocen. Jerusalén fue dividida en dos después de una guerra con Jordania, en 1948, quedando esta a cargo de Jerusalén del Este e Israel en control de Jerusalén del Oeste. Después de otra guerra, en 1967, Israel tomó control de la ciudad entera y la declaró su capital, pero la abrumadora mayoría de la comunidad internacional no reconoció su soberanía sobre Jerusalén del Este. En 1993, Israel y los palestinos dijeron que la soberanía sobre Jerusalén se definiría de común acuerdo. En Palestina todavía hay quienes desean que Jerusalén del Este sea su capital. Para completar todo este contexto complejo, Jerusalén es un espacio fundamental para el judaísmo, el islam y el cristianismo.
Entonces, ¿por qué Colombia desestima todo ese contexto internacional y decide intervenir en la política de la región? ¿Nuestra nueva política exterior dependerá ahora de la Casa Blanca y de los intereses del trumpismo? ¿Y qué ocurrirá cuando los vientos políticos cambien? ¿Cuál es la postura oficial sobre el derecho internacional y sobre las decisiones que se toman en el marco de la ONU? Todo en diplomacia envía mensajes y el mundo entero toma nota de cómo nuestro país está cambiando posturas de vieja data. ¿Quién gana?
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