Un Tribunal de Paz memorable

Además de ser profesionales altamente capacitados y con trayectorias admirables, los magistrados de la JEP forman en su conjunto una pluralidad inusual en las altas esferas del poder en Colombia. / Foto: iStock

Colombia necesita una corte de notables, de personas cuya dedicación al servicio público sea incuestionable y cuyo actuar sea la búsqueda de la Justicia, ese ideal tan difuso que sólo se aclara a través de los debates honestos y sustentados. En medio de la crisis actual de legitimidad de la Rama Judicial, sólo un tribunal de ese nivel puede cumplir la compleja tarea de convencer a los colombianos sobre la validez de la justicia transicional creada a propósito del Acuerdo de La Habana. Por eso, la elección de los magistrados del Tribunal de Paz de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), anunciada ayer, es un síntoma de que, pese a todos los retos, tal vez sea posible devolverle la grandeza a la justicia colombiana.

Con justas razones, la elección de los miembros de la JEP ha sido motivo de desconfianza y múltiples cuestionamientos. El desafío no es menor: ¿cómo balancear la necesidad de ver sancionados a los máximos responsables, y el deseo de verdad y reparación, con las necesarias concesiones de un proceso de paz? Y todo eso en medio de las abrumadoras limitaciones logísticas que la administración de justicia tiene en Colombia. Además, de cómo se desempeñe la justicia transicional dependerá en gran medida si los colombianos sienten que el proceso sirvió para la reconciliación o si se convirtió en otra excusa más para la polarización que tiene secuestrado todo tipo de debate público en el país.

Ante eso, el Comité de Escogencia desempeñó una labor excepcional. Admirable especialmente por demostrar que sí hay formas de elegir con transparencia y de filtrar a aquellos que por sus intereses personales pueden crear cuestionamientos a la justicia. Tal vez el único reclamo contra la labor del Comité fue que, en la etapa de entrevistas, no abrió la oportunidad para la participación ciudadana, lo que sí había hecho con la presentación de hojas de vida. Demorar un par de semanas más la selección final hubiese permitido que los colombianos pudieran evaluar por su cuenta las grabaciones de los candidatos.

Pero, más allá de eso, la selección final es esperanzadora. Los 38 magistrados y sus 13 suplentes, además de ser profesionales altamente capacitados y con trayectorias admirables, forman en su conjunto una pluralidad inusual en las altas esferas del poder en Colombia. La JEP, entonces, se convierte en una apuesta por ese país diverso que se reconoció en la Constitución de 1991, pero que a menudo es silenciado.

Del total, más de la mitad son mujeres (28 de los 51). Eso no sólo demuestra que en Colombia sí hay mujeres con las capacidades necesarias para ocupar esos altos cargos, sino además pone en evidencia lo ridículo que es que en otros espacios, como las Cortes y el Congreso, la representación femenina sea siempre precaria. Es apenas natural que las mujeres, que son la mitad de la población general, hagan presencia en porcentajes similares en todos los campos de la vida pública.

Más allá de la igualdad de género, la JEP también incluyó a ocho magistrados de origen afro o indígena, a un gran número de académicos (27) y a tres exmiembros de la Justicia Penal Militar. El 61 % son miembros nacidos fuera de Bogotá.

Ninguna de estas cifras va a significar nada si en la práctica la JEP no demuestra grandeza. Por eso, la invitación a todos los magistrados es a que entiendan su papel en la historia del país. Este es el momento para reclamar con vehemencia la independencia que les otorga su cargo, para dar debates con altura y sin individualismos, para alejarse del ruido de las pugnas políticas coyunturales, para darles ejemplo a Colombia y al mundo de que sí se puede terminar un conflicto armado sin sacrificar la justicia. De ustedes depende que el Tribunal de Paz sea una corte memorable.

 

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