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Una reacción sin precedentes

ENTRE GASES LACRIMÓGENOS, TIros y pancartas, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, fue retenido a la fuerza por una muchedumbre de inconformes policías.

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El Espectador
01 de octubre de 2010 - 11:00 p. m.
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ENTRE GASES LACRIMÓGENOS, TIros y pancartas, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, fue retenido a la fuerza por una muchedumbre de inconformes policías. La Ley de Servicio Público, que desmontó una serie de beneficios de los funcionarios de la nómina oficial, incluidos los uniformados, fue el detonante. "Yo estoy dispuesto a quedarme aquí hasta que Correa cambie de decisión; yo no tengo ya nada que perder si con esa ley no voy a recibir lo que merezco", expresó un policía con su rostro cubierto. Una mujer que se plantó frente al hospital para gritar un "gracias" al gobernante fue agredida con insultos y recibió impactos de botellas hasta que una policía enmascarada la retiró a empujones. “Correa, a la Policía se respeta” y “Abajo este gobierno asesino de Correa”, respondían por su parte algunos rebeldes a través de un megáfono. Después de once horas de cautiverio y protegido por una larga fila de efectivos pertrechados con escudos, cascos y armas de fuego, el dirigente fue liberado por su ejército.

La historia reciente de Ecuador ha estado manchada por episodios como éste. En quince años, por razones que van desde presunta incapacidad mental del gobernante hasta presión de la oposición, el país ha cambiado doce veces de mandatario. Sin embargo, esta última revuelta, más que generar preocupación por la inestabilidad política que ha caracterizado al sur del continente, lo que desató fue tranquilidad por una reacción acertada y comprometida de la comunidad internacional y, en especial, de la regional. No sólo aparecieron la OEA, la ONU y Washington. Todos los presidentes latinoamericanos siguieron de cerca la crisis institucional y ayer ya estaban reunidos en Buenos Aires cinco cancilleres de los países de Unasur, quienes organizaron su agenda, revisaron las alternativas y emitieron un comunicado de seis puntos donde condenaron “enérgicamente el intento de golpe de Estado y el posterior secuestro del presidente Rafael Correa”. Incluso el presidente Chávez, que suele estar siempre en desacuerdo, no sólo se unió a la protesta, sino que juzgó como acertado el esfuerzo.

El unísono de este coro, al igual que su origen, marcó un gran contraste con difíciles experiencias en la historia reciente del sur del continente. Frente al golpe de estado de Honduras ni siquiera se supo qué país condenaba y qué país apoyaba, ante los mandatarios que han buscado mantenerse en el poder a través de censurables artimañas la reacción ha sido ambigua y aletargada y, por último, durante la tensión entre Colombia y Venezuela sólo hubo silencio. ¿Qué hizo esta vez la diferencia? No se sabe. De pronto especificidades del caso de Ecuador o quizás un proceso inesperado de madurez regional. En cualquier caso, la reacción sentó precedentes de que la cooperación de los países latinoamericanos y sus instituciones sí puede darse y sí es capaz de hacer una diferencia.

Hecho por lo demás fundamental para consolidar la estructura internacional que apoya las democracias nacionales. Los procesos internos y externos, si bien de naturaleza distinta, desbordan entre ellos sus efectos. Es más que provechoso para las democracias todavía débiles de la región contar con un marco que, aunque frágil, comienza a marcar las líneas de lo que pronto debe asumirse como un proyecto común. Mal haremos en reproducir en agregado vanas y censurables manifestaciones de violencia que se saltan, por capricho y pereza, las vías establecidas para la mediación. Ni a nivel nacional puede tolerarse la violencia, ni a nivel internacional la apatía. La mediación acertada y comprometida entre países es la única manera de consolidarnos, por fin, como región. El que vivimos no es un precedente que deba olvidarse.

Por El Espectador

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