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Querían hacerle una prueba de alcoholemia. Un examen de rigor que implica el cumplimiento de una norma no sólo lógica, sino que evita, a nuestro juicio, el derramamiento estúpido de sangre: que los conductores de automóviles vayan borrachos por las vías como un peligro latente para transeúntes y otros conductores.
No quiso. Se opuso de forma vehemente. Y al final no le hicieron la prueba, como tratándose de un ciudadano que no es corriente, o acaso de un hombre sobrenatural. Parte de esto tiene que ver con los argumentos que dio Merlano, registrados todos en un video que ha generado cierto tipo de indignación en el país: la famosa “¿ustedes no saben quién soy yo?” (que representa un rasgo clásico de esa cultura colombiana, creadora de un fuero especial para pasar por encima de las normas y las personas) fue dicha en una variedad nueva de formas reprochables. “¿Cómo me va a tratar usted a mí así?”, preguntó Merlano, ante la mirada impávida de los policías.
Ellos insistieron —como es debido— con el argumento implacable del cumplimiento de la ley. Pero el senador salió al paso con más frases: “¿Cómo le va a hacer a un senador una prueba si estoy perfecto?”, “¿y si estuviera mi escolta aquí?”, “llámeme al coronel”, entre otras. El senador sorprendió sobre todo por dos sentencias: acudió primero a su caudal político, “¡50 mil votos! 50 mil personas votaron por mí ¿y ustedes me van a faltar al respeto?” y luego sugirió que los oficiales, definitivamente, no conocían lo que es el servicio público.
Y en la práctica, lamentamos decirlo, puede que el senador tenga razón. El servicio público en teoría es ponerse en función del bienestar general, cumplir la ley y también hacerla cumplir. Pero esto en Colombia se ha tergiversado, ya desde épocas inmemoriales: el político corriente siente que tiene una especie de fuero especial para hacer cosas que no están permitidas. Más que una responsabilidad, se convierte en un permiso, en una distinción. En ser, cómo no, más importante que el resto de mortales.
La forma de relacionarse con los demás, que algunos sociólogos han dado en llamar “sociabilidad”, es marcada en Colombia por una seria desigualdad. Como dijo Mauricio García Villegas hace poco en estas mismas páginas, Colombia se caracteriza no sólo porque la igualdad esté mal repartida, sino también la libertad. La libertad de hacer cosas.
Por un mirar al “otro”, que es de una clase social distinta, con cierto desprecio, con cierto trato diferente que lo desnaturaliza de su condición de persona, el individuo que tiene un cierto tipo de privilegio puede actuar, a veces incluso, por fuera de la ley. Esto, con un poco de poder que se genera al volverse uno funcionario público, se exacerba a los niveles del senador Merlano. La naturalidad con que se expresó es la prueba.
En teoría es un exabrupto lo que dijo. En la práctica es lo corriente. Guillermo O’Donell, politólogo argentino, se refiere al caso de Brasil, en donde las personas de clase alta, para poner en su sitio a meseros o subalternos, les dicen: “¿usted no sabe con quién está hablando?”. En Colombia es igual: parece que la cátedra sobre igualdad ante la ley se perdió hace ya bastante.
Es hora, pues, de reflexionar sobre esta conducta despreciable que caracteriza esa falta de horizontalidad en las relaciones que se dan en nuestro país. Ojalá no quede en el tintero que nos reconozcamos de esta forma e intentemos cambiar ese patrón cultural tan marcado.