La verdad histórica

Una pausa tuvimos que hacer los colombianos a mitad de semana para echarle una ojeada al documento publicado por la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas (que tuvo su origen en la mesa de conversaciones de La Habana), titulado humildemente “Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia”.

Poco a poco, con la lectura de sus primeras páginas, el lector se da cuenta de que, más allá de una mera contribución, se trata de un documento bastante ambicioso en su contenido. Quizá demasiado, por lo menos para hacer un retrato de lo que ha sido esta guerra colombiana: 800 páginas, que a su vez están divididas en 12 ensayos (a razón de uno por comisionado) y dos (¡dos!) relatorías, que buscan resumir las convergencias o divergencias entre los autores. Un mapa muy grande, cosa que es, en principio, algo no tan útil ni tan representativo.

Vamos con lo positivo, primero. Este es un esfuerzo impresionante, que probablemente se encuentra en un puerto mucho más avanzado que otras comisiones planteadas por gobiernos anteriores (doce de carácter nacional y tres locales, como enuncia la introducción del texto), con, por demás, un nivel muy alto en la escogencia de sus comisionados, que van desde Francisco Gutiérrez Sanín a Alfredo Molano Bravo y desde Darío Fajardo a María Emma Wills. Un equipo de lujo. La lista se alarga y tiene la particularidad bastante acertada de haber sido escogida a dos manos: unos por la guerrilla, otros por el Gobierno. Era la hora, por supuesto, de hallar los consensos frente al modo en que hemos contado (y conocido e interpretado) la historia de la guerra que acompaña a Colombia desde hace mucho tiempo.

El equipo de lujo, sin embargo, se transformó prontamente, como pudimos leer en la versión final del documento, en la sumatoria de esfuerzos, que aunque bastante valiosos, son también individuales. Dos cosas bien distintas que hacen, por supuesto, cuestionarnos acerca de su utilidad final: ¿a qué nivel pueden variar las versiones de un hecho para permitir, al mismo tiempo, la construcción de un relato colectivo de nación? Ese lastre, justamente, es el que no nos ha permitido comprender nuestra propia historia.

Sabemos de antemano la filosofía entera que inspira el documento: no queremos parecer ciegos ante ese postulado tan razonablemente expuesto. La pluraridad de versiones usadas se inspira en el presupuesto de evitar tener una versión oficial o única de los hechos, cosa de suyo admirable. ¿Pero qué puede extraer un ciudadano corriente de estos 12 textos y sus dos relatorías, tan compartimentados y aislados los unos de las otras y, sobre todo, entre ellos mismos? ¿Alguien tendrá tiempo y disposición para leerlos? Más fácil y real: ¿quién podrá tener una visión propia de los tres objetivos, a saber, orígenes del conflicto, factores que lo facilitan e incidencia en la sociedad?

Creemos, al contrario, que el texto solo cumple uno de sus objetivos: que sea discutido por la opinión pública, cosa que ya ha empezado a suceder y que, en una sociedad como la colombiana, importa bastante. No sabemos si esto sirva como insumo para comprender la complejidad del conflicto (aunque de pronto sí, ya que fue tan difícil encontrar los puntos en común para narrarlo), ni tampoco si, finalmente, puedan esclarecerse algunas responsabilidades sistemáticas, sobre todo frente al tema de las víctimas. Esperamos, por supuesto, el balance que harán otros y también las discusiones muy útiles que desde ahora empiecen a darse. Pero en principio tanta dispersión hace ver todo tan relativo que es difícil encontrar su valor para un acuerdo. Vamos a ver.

 

 

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