En un operativo que hicieron en conjunto la autoridad antinarcóticos del país vecino y la Policía Nacional, Buitrago cayó junto con su hermano Nelson Orlando, alias Caballo.
La historia de Buitrago deja ver el conflicto armado colombiano de una forma clara. Criado por su padre en Monterrey (Casanare), fue testigo de cómo la guerrilla de las Farc extorsionaba a los ganaderos de la zona; de cómo, ante la ausencia del Estado, se formaban grupos de ganaderos como forma de resistirla y, finalmente, de cómo se creaba una estructura criminal financiada por el narcotráfico. Martín Llanos asumió la jefatura de esas Autodefensas Campesinas de Casanare (Acc), comandadas antes por su padre, Héctor José Buitrago, alias El Viejo.
De ahí en adelante, esa figura de bajo perfil para el país, pero conocida de una forma terrible en los Llanos Orientales, selló el destino de esa región con sangre, corrupción y guerra. El poder de este exjefe paramilitar era incuestionable. De todo hay para saber del recorrido criminal que tuvo: desde Puerto López, por ejemplo, recibía a aspirantes a concejos, a alcaldías, a gobernaciones o al Congreso, que iban a pedirle favores. Incluso algunos procesados por la justicia en lo que se conoce como la parapolítica fueron descubiertos por sus nexos con este paramilitar. Fue parte, entonces, de ese intento de toma del poder por parte del paramilitarismo.
Pero también está la guerra que desató en los Llanos. No sólo contra la guerrilla, su rival natural, sino también contra el bloque Centauros de las Autodefensas Unidas de Colombia, liderado entonces por alias Miguel Arroyave. Estos dos grupos, después de haber marchado de la mano para expulsar a las Farc de los Llanos Orientales, empezaron a enfrentarse por una rencilla nacida de la oposición de Martín Llanos a participar en la mesa de negociación de Mancuso y llevar un proceso de paz aparte.
Esta pequeña disputa se convirtió en una masacre: matanzas y desapariciones forzadas se cuentan entre los delitos que se cometieron. “Yo no le paso por el puente del río Upía después de las seis de la tarde, así me pague toda la plata del mundo”, solía decir —como lo citamos en este diario hace nueve años— cualquier conductor que prestara un servicio desde Monterrey (Casanare) hasta Barranca de Upía (Meta). Las dos poblaciones estaban bañadas en sangre.
Las Acc perdieron esa guerra. Martín Llanos salió huyendo a Venezuela y allí se refugió. Fue encontrado en el estado de Anzoátegui y luego deportado a Bogotá. Como dijimos, toda una radiografía de lo que han representado los grupos paramilitares en este país. Faltaba sólo que muriera en combate. Pero no. Y eso, precisamente, es lo que deben aprovechar las autoridades colombianas. Saber qué, cómo y cuándo pasaron los casi infinitos delitos que cometió Martín Llanos y quiénes fueron sus cómplices.
Es cierto que la Fiscalía ha hecho investigaciones sobre sus crímenes. Sin embargo, se sabe, la lista es mucho más larga. Ya caída la última ficha de la dinastía Buitrago, el último jefe paramilitar que permanecía en una libertad a medias (confinado en otro país, lejos del poder que tenía acá), es hora de que hable. Es hora de que se sepa hasta el fondo y se exprima hasta la última gota. Es la deuda que, como Estado, se tiene con las víctimas del Llano.