Sarah Milgrim tenía 26 años. Yaron Lischinsky tenía 30 años y ya tenía todo planeado para pedirle matrimonio a Milgrim. El padre de Milgrim le dijo a CBS que su hija “pasó varios veranos trabajando en Israel con grupos de palestinos e israelíes para ayudar a acercarlos... tenía muchos amigos palestinos cercanos”. Ambos trabajaban para la Embajada de Israel en Washington, capital de Estados Unidos. Ambos, también, fueron asesinados a sangre fría por Elías Rodríguez. Cuando la Policía capturó a Rodríguez, el hombre cantó: “Palestina libre, Palestina libre”. La violencia irracional, el sufrimiento insensato, resumidos en una tragedia a la que es difícil encontrarle razón.
Milgrim y Lischinsky fueron víctimas del antisemitismo. Esta idea de que cualquier persona, solo por el hecho de tener raíces judías, es una agresora, un objetivo militar. Cuando Rodríguez los mató estaba haciendo eco del odio que los judíos en todo el mundo han tenido que soportar durante siglos. No hay que ahorrar palabras: la discriminación es inaceptable, el antisemitismo es violencia; lo que hizo Rodríguez es un acto de terror que busca vetar a toda una población de los espacios públicos. Su objetivo era enviar un mensaje, pero no deja de ser uno que comete aquello que buscaba denunciar. No hay justicia por mano propia que valga, no hay manera de reivindicar lo hecho. Milgrim y Lischinsky deberían estar vivos y todo el peso de la ley debe caer sobre Rodríguez.
El antisemitismo mata. Nos repetimos porque es necesario. La lucha contra los prejuicios necesita ser un principio universal.
Es imposible no hablar de la Franja de Gaza al aproximarnos a este asesinato, y no solo porque Rodríguez invocó la libertad de Palestina después de los hechos. Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, culpó indirectamente a Francia, Canadá y Reino Unido, países cuyos líderes firmaron una carta pidiendo que se detengan la masacre y la hambruna en la región. Según el primer ministro, esto “empodera a Hamás a que siga luchando por siempre” y los líderes de estos países “están en el lado incorrecto de la humanidad y en el lado incorrecto de la historia”. No sorprende que una persona buscada por la Corte Internacional de Justicia y por la Corte Penal Internacional quiera aprovechar una tragedia para evadir su propia responsabilidad.
Lo que personajes como Netanyahu no quieren entender es que es fácil, desde una perspectiva moral, condenar todo lo que ocurre: tanto el asesinato injustificable de Milgrim y Lischinsky como la ofensiva brutal e inhumana que el gobierno israelí sigue haciendo en Palestina. También es posible repudiar la masacre del 7 de octubre que llevó a cabo Hamás, al mismo tiempo que se cuestiona la hambruna que Netanyahu y su equipo están causando en Palestina.
Ante la violencia terrorista, en un mundo cansado de ver tanto sufrimiento, no podemos caer en la trampa del maniqueísmo de quienes se abogan la superioridad moral con las manos untadas de sangre. Lo que Rodríguez hizo es un crimen contra la humanidad; quienes buscan utilizar su delito con fines políticos lo hacen con fines ruines. Por Milgrim, por Lischinsky, por todas las víctimas palestinas e israelís, el rechazo a lo inhumano necesita ser vehemente. El odio y la discriminación están destruyendo el mundo.
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