Vladimir Putin se entroniza como nuevo zar

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El presidente ruso, Vladimir Putin, cerró el miércoles pasado, con broche de oro, una elaborada estrategia que le permitirá mantenerse en el poder hasta el año 2036. Con la aprobación previa de la Duma, el Parlamento, y el Tribunal Constitucional, que maneja a su antojo, una consulta popular no vinculante le dio un amplio aval del electorado para continuar al frente de los destinos de Rusia. De esta manera, y dentro de un esquema de gobierno autoritario, Putin se consolidaría como un zar posmoderno bajo el lema de que “la estabilidad debe ser la prioridad” y que “una presidencia fuerte es necesaria para Rusia”.

Para un país gobernado por caudillos, el exjefe de los servicios secretos de la KGB consolida a su alrededor todo el poder posible. Esta situación genera preocupación en Occidente, en especial en Europa, desde que en enero Putin dejó saber sus planes para reformar la Constitución. Tras su victoria, con el 80 % de los votos, no exenta de señalamientos de fraude, podría ser reelegido de nuevo en 2024, dado que la reforma aprobada hace un borrón y cuenta nueva de su actual permanencia en el poder, permitiéndole ser reelecto por dos sexenios más. De esta manera gobernaría, directa o indirectamente, por un total de 36 años. La reforma, que se votaba como un todo y no por partes, incluyó ganchos para el electorado, como un aumento en las pensiones de acuerdo con la inflación y el cálculo del salario mínimo por encima de la línea de pobreza. Lo anterior, en momentos en que la economía se ha deteriorado por la baja en los precios del petróleo y la crisis del coronavirus.

Putin ganó el voto conservador, pues consagra al país a la “fe en Dios”, blinda el matrimonio tradicional como la unión entre un hombre y una mujer, y, fortaleciendo el nacionalismo, considera el ruso como el idioma oficial, lo que no dejará de generar controversia en un país diverso y multiétnico. En adelante también fortalecerá aún más el poder presidencial, en especial con respecto a su injerencia dentro del órgano judicial. De igual manera, apuntala el papel del Consejo de Estado, un cuerpo asesor que Putin ya dirige y del cual se vale para cogobernar. Por último, desestima los acuerdos internacionales firmados, al consagrar la prevalencia de la ley rusa sobre cualquier otra. La dividida y mermada oposición se vio además maniatada por la prohibición de hacer manifestaciones debido a la pandemia.

Putin no deja nada al azar. Es su mejor cobertura contra las críticas de Occidente, que le tienen sin cuidado, sobre su forma de acumular poder y perpetuarse en el mismo. Se le ha acusado de amedrentar, comprar, encarcelar, forzar al exilio o mandar asesinar a sus enemigos políticos. Su mano dura en Chechenia o en Ucrania lo enfrentó con la Unión Europea y la OTAN. Sus planes expansionistas, que ya le han generado sanciones internacionales en el pasado, en especial luego de la anexión de Crimea, tendrán vía libre. Dentro de América Latina, su apoyo a las dictaduras de Venezuela, Cuba y Nicaragua es motivo de incomodidad para los países de la región. En Siria, Putin se convirtió en el fiel de la balanza en detrimento de Estados Unidos, dado que Washington le dejó el camino abierto a Moscú. En este sentido, la información de que el presidente Donald Trump no prestó atención a informes de inteligencia, que indicaban que los rusos estarían pagando a los talibanes por matar soldados estadounidenses en Afganistán, demostraría hasta dónde llegan los tentáculos del Kremlin.

Con esta nueva forma de consolidar el poder dentro de un esquema autoritario, revestido de democracia y sin contrapesos que lo impidan, todo indica que Putin continuará manejando los destinos de Rusia y amenazando, de paso, la estabilidad internacional. Su sueño de volver a llevar al país a las épocas de grandeza de los zares o de los dirigentes soviéticos se va convirtiendo poco a poco en una realidad.

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