¿Que voten?

Cursa en el Congreso un proyecto de ley para que los miembros de las Fuerzas Militares puedan ejercer el derecho ciudadano al voto.

 Se trata de una reforma constitucional radicada por el vicepresidente del Senado y miembro del partido PIN, Édgar Espíndola Niño. De acuerdo con lo que se ha planteado hasta ahora, el artículo pertinente de la Constitución Política quedaría así: “Los miembros de la Fuerza Pública podrán ejercer la función del sufragio mientras permanezcan en servicio activo, pero no podrán intervenir en actividades o debates de partidos o movimientos políticos”.

Las razones por las cuales se eleva esta petición surgen, sobre todo, después de un ejercicio de comparación, de asegurar que hay países donde no sólo existe este tipo de regulación sino que también funciona. Espíndola dice que en otros países (entre ellos Inglaterra, Perú, Chile o Argentina) se ha incluido el voto de los militares y que eso, a su juicio, fortalece la democracia porque permite la participación de la mayoría de ciudadanos.

En esta propuesta hay, por lo menos, dos problemas. El primero es la noción errada de que cualquier institución que exista en el mundo del derecho puede ser trasplantada de sociedad a sociedad, pese a que a veces existan unas insalvables diferencias entre unas y otras. Entre sus ciudadanos. Entre sus culturas jurídicas y de cumplimiento de las normas. Los trasplantes de instituciones resultan útiles si se hacen inspirados en una previsión completa de la realidad del país en el que quiere introducirse una nueva norma. Adaptando, incluso, la institución.

La reflexión en torno debe ser muchísimo más profunda que la peregrina frase de “en otros países se hace y allí funciona”. Puede que sirva para otro país por una infinidad de razones que el legislador debería tener en cuenta antes de aprobar y discutir esta ley. Como la guerra interna, por ejemplo, que mueve las urnas y glorifica o aplasta a candidatos de todo tipo.

Pero el segundo problema es que los miembros de las Fuerzas Armadas no son ciudadanos comunes y corrientes, ¿o sí? Entre ellos existe una línea de mando establecida, fuerte, que dura años en lograrse a la perfección. Los miembros de nuestras Fuerzas Armadas son un cuerpo, actúan como tal, obedecen a un pensamiento colectivo que resulta provechoso para sus labores pero que podría ser perjudicial a la hora de dar un voto de opinión. Uno independiente. Y, además, portan armas. Andan así en los pueblos, con el fusil al hombro, con la autoridad pegada en la frente. El poder simbólico de un arma, cuando ésta la tiene un miembro del Estado, es inimaginable. Son la institucionalidad y la fuerza de la ley representadas en un hombre.

Ellos son quienes están destinados a hacerla cumplir. El poder que tienen por fuerza (y por legitimidad, por respeto o por honra) los hace portadores de una voz demasiado sonora entre la ciudadanía. Que haría mucho eco. Sobre todo para unas elecciones democráticas, en las que la gente en Colombia ya tiene la suficiente distracción: compra de votos, campañas sucias o por fuera de los topes y otras condiciones nada óptimas para ejercer el derecho al voto. Aparte de todo esto le sumaríamos la situación hipotética de un hombre que por la sola fuerza de la ley usa un fusil destinado a proteger la democracia misma. Que diría, en algún pueblo, digamos, donde el Estado no se ve en derechos sociales pero sí en pie de fuerza y que está en guerra, por quién va a votar para presidente o para alcalde o para senador.

Antes de aprobar a pupitrazo, el Congreso debería concentrarse en evaluar los distintos escenarios posibles.

 

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