Y nada pasa...

EL 3 DE MAYO, DÍA MUNDIAL DE LA libertad de Prensa, dijimos en este espacio que la última noticia de esa semana nos ponía casi (y por fortuna casi) de luto: Ricardo Calderón, jefe de investigaciones de la revista Semana, un hombre valiente que descubrió una multiplicidad de entuertos (entre ellos las interceptaciones ilegales que el DAS hizo a los malquerientes del gobierno pasado), había sufrido un atentado frustrado mientras iba al Tolima a hacer su trabajo.

Para entonces Calderón había hecho informes sobre las irregularidades en el centro de reclusión de Tolemaida: militares condenados por graves violaciones de derechos humanos viviendo allá como reyes, en una clara y frentera burla a la justicia de este país, a las víctimas, a la sociedad entera. Y así, mientras estaba en una de sus pesquisas, su carro fue baleado en medio de la carretera, salvándose de la muerte por saltar al borde de ella. El automóvil recibió cinco impactos.

No sobra recordar que el par de sicarios que le dispararon no lo hicieron por coincidencia: lo llamaron por su nombre antes de emprender la balacera, así que tenían muy claro de quién se trataba. Y de ahí para adelante: cómo se ganaba la vida, a dónde se dirigía, cuáles eran sus intenciones de viajar a Girardot y luego a Ibagué. No se necesita ser un genio para saber que a Ricardo Calderón iban a matarlo por su ejercicio periodístico. ¿Dónde está la libertad de prensa si una persona como él no puede desplazarse a plenitud por su propio país para cubrir los temas de los que después informará? Asusta mucho más, dijimos en ese entonces, lo que manifestó Alejandro Santos, director de Semana: “trabaja en temas de denuncias del Ejército”. ¿Quién está, entonces, detrás de todo esto?”. Al sol de hoy, medio año después, no tenemos la respuesta.

Y no somos nosotros, los medios de comunicación, los que debemos darla. Mucho menos podemos ponernos en la labor de juzgar y de hacer conjeturas cuando hay entidades especializadas del Estado que ya deberían haber dado en el blanco. En su momento, por supuesto, se hicieron anuncios grandilocuentes: el mismísimo presidente Juan Manuel Santos emplazó al director de la Policía Nacional para que se hiciera cargo personalmente de la investigación. El ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, dijo en Blu Radio palabras mayores, que sonaban a esperanza: “Si hay miembros de la Fuerza Pública implicados, será doloroso pero tendrán que pagar con todo el peso de la ley”. Palabras, palabras, palabras... Nada pasa.

Ya no es sólo el atentado frustrado del que fue víctima, sino el silencio del Estado, su falta de respuesta. Duele mucho más que la afrenta contra Ricardo Calderón se agrave por no haber justicia en su caso, por no saberse la verdad. ¿Hasta cuándo esperamos, entonces, señores?

Hace ocho días Calderón recibió el Gran Premio a la Vida y Obra Simón Bolívar, una distinción que merece y que en su discurso dedicó a todos los reporteros para que sientan como propio el reconocimiento que él recibió. Habló del anonimato del que salió por momentos a recibir este galardón y cerró pidiendo que apagaran el reflector que le apuntaban esa noche para que pudiera volver a lo suyo.

No podemos, sin embargo —al menos no del todo—, acceder a esa petición. Porque si bien su trabajo muchas veces lo desempeña, como dijo, desde el anonimato, hay quienes andan por ahí siguiéndole la pista, analizando lo que hace, sintiéndose perjudicados por las verdades que revela. Y la única forma que tenemos los periodistas de protegernos de este tipo de embates de la violencia es por medio de la visibilidad. Así que pedimos justicia en su caso. Pronto.