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Según datos del Ministerio de Educación, el 6 % de escolares reprobaron el año lectivo 2020 porque no hay conectividad en donde viven, o no cuentan con instrumentos para asistir a las clases virtuales. Hace rato la condición de la población infantil y adolescente en regiones marginadas del sistema educativo es patética.
También son altas las cifras, aún inexactas, de deserciones tanto en jardines infantiles como en niveles universitarios. Sumado a esto, informes del ICFES advierten repercusiones en la calidad de la enseñanza; alarmante, porque ya en las pruebas Pisa de 2017 la calificación de la educación colombiana quedó en los niveles más bajos entre los países de la OCDE.
Según cifras de la UNESCO fueron más de 1.500 millones de estudiantes y 63 millones de docentes afectados por cierres en todo el sistema en 191 países, prueba de que la crisis sin precedentes generada por la pandemia del Covid-19 ha causado la mayor disrupción que ha sufrido la educación en la historia reciente; acaso presenciaremos una catástrofe generacional al resentirse potencialidades humanas incalculables y exacerbarse las desigualdades ya arraigadas.
La ONU, dado que la abrupta disrupción de la educación supone un problema grave, al corto y al largo plazo, para el mundo entero, determinó cuatro medidas de emergencia:
- Reabrir los centros educativos y valorar la formación presencial.
- Dar prioridad a la educación en las decisiones de financiación.
- Dirigir las principales acciones hacia aquellos a los que es más difícil llegar.
- Construir hoy el futuro de la educación.
Es cierto que en Colombia y en todos los países del tercer mundo, persiste el analfabetismo en poblaciones apartadas de la asistencia estatal, e incluso, en barriadas de miseria en las ciudades capitales; también es cierto que los hijos de los ricos se forman en centros educativos dotados de infraestructura y tecnología superior a los que el sistema de educación pública brinda al alumnado de estratos bajos. Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo pasado, y mejor, desde que la constitución del 91 obliga a los gobiernos a restituir el derecho a la educación en todo el territorio nacional, digamos que se democratizó el acceso a la educación; en efecto, más ciudadanos instruidos, empleados calificados, mujeres participando en todas las instancias del desarrollo, niñez más feliz y proactiva, campesinos cualificados para la tecnificación del agro, florecimiento de la pequeña y mediana industria, auge de la cultura con grandes ferias y festivales de todas las artes con trascendencia internacional, ciudadanías participativas y críticas como lo vimos en las multitudinarias movilizaciones sociales en septiembre y noviembre de 2019, claras demostraciones de que la educación es motor de desarrollo inclusivo y sostenible.
Medio siglo de conquistas y reivindicaciones gracias a las conciencias educadas, podrían venirse al traste si persiste la crisis inexorable. La aparición de la vacuna contra el Covid-19 es un alivio, aunque todo indica que buena parte del año entrante la población estudiantil estará sin vacunar y expuesta a rebrotes del virus, también debemos reconocer que la crisis pandémica instauró cambios irreversibles en los modos de la enseñanza y del aprendizaje: las clases y actividades académicas virtuales ya se impusieron y se darán simultáneas con lo presencial. Pero no será suficiente para lograr el aprendizaje integral en habilidades y valores sociales, ni para el despertar de las distintas inteligencias. Por suerte durante la disrupción afloraron otras formas de educación ajenas a las aulas. Fuera del currículum, practicadas por las familias confinadas, se dieron transmisiones de saberes de hermanos mayores a menores, los padres compartieron sus experticias con sus hijos y a su vez la opinión de los hijos contó en las decisiones familiares, las casas de familia se adecuaron como academias. Sé de docentes que se ingeniaron encuentros y caminatas procurando los debidos protocolos de seguridad, otros que iniciaron tutorías personalizadas…
Estas rutas de educación alternativa deben mantenerse y recibir el fomento por parte del estado, no como un paliativo sino como antídoto contra las mentes ineducadas, expuestas a la manipulación y la alienación, recursos de las plutocracias para mantener su hegemonía. Los pueblos privados de la educación están impedidos para la participación social, no critican, obedecen; son tratados solamente como feligreses, prosélitos o clientes.
Las familias, los docentes, los artistas, los líderes comunales, las amistades, todos debemos participar en la educación de nuestros congéneres y de nosotros mismos, la educación más que un derecho es un valor, un ritual constante para procurarnos siempre nuevos saberes, nuevos asombros, para mantener las mentes aguzadas.
