Por: Francisco Leal Buitrago

Educación y algo más

Colombia está repleta de problemas, unos compartidos con países y otros exclusivos. Entre los primeros sobresalen la corrupción y el deterioro de la democracia. Entre los segundos están la debilidad política del Estado y su ausencia efectiva en la mitad del territorio nacional, además de la extrema desigualdad social. Pero hay un problema particular, que es la educación.

El número de universidades, tanto públicas como privadas, supera el de buena parte de países de la región, la mayoría de mala calidad —“de garaje”—, en especial en las privadas, donde existen corruptelas. La raíz de estos problemas radica en el pasado. Su gran número —públicas y privadas— se relaciona con la débil formación nacional, producto de la complejidad del territorio, la prolongada violencia entre liberales y conservadores, y las consecuentes “hegemonías de partido”. Sin embargo, aun con las consecuencias positivas mediante el predominio de la democracia y la ausencia de dictaduras, ninguno de esos problemas ha sido subsanado. Más bien se acrecentaron con la modernización tardía del país, apoyada en un voraz capitalismo.

Cuando surgió el desarrollo capitalista sostenido, en medio de la Violencia de mediados del siglo pasado, no había escuelas rurales y solo en pocos municipios había colegios con secundaria completa. La separación entre niños y niñas era la regla y las comunidades religiosas mandaban la parada en un país donde casi toda la población profesaba la religión católica ortodoxa. Además, el magisterio público era escaso y desarticulado. Cuando comenzó el sindicalismo, uno de sus desarrollos iniciales fue en el magisterio. Pero Fecode ha sido un obstáculo para que mejore la calidad del magisterio: buena parte de las pruebas de calidad se ven como “atentados” contra la independencia sindical. Pocos gobiernos han buscado implementarlas. La mediocridad de la enseñanza pública es una constante que cubre gran parte de escuelas y colegios. Y varias de las pocas reformas oficiales de la educación han sido negativas.

Entre ellas sobresale la enseñanza de la historia, que dejó de ser obligatoria. La ignorancia en aspectos elementales de la “historia patria” entre la juventud es impactante. ¡Y ni qué decir en niveles que traspasan la historia patria! Como tal, la historia es el mejor medio de validación de las ciencias, además de ser fuente de explicación de los fenómenos sociales.

El sustituto actual de la historia —en particular entre millennials— son las redes sociales in crescendo, que con el aumento de plataformas, velocidad y atiborramiento de “noticias” hay pocas posibilidades de constatar verdades y ante todo mentiras. Esa es la triste realidad de la sustitución “espontánea” de la historia por parte de la información “en tiempo real”.

Ninguno de los últimos gobiernos se ha atrevido a implantar una reforma educativa que vuelva obligatoria la enseñanza de la historia, apoyada en un contexto generalizado, debidamente programado y con exigencia de profesores bien calificados en la materia.

¿Será que el presidente Duque puede disponer de un tiempito en su persistente viajadera y opinadera para pensar en una reforma en tal sentido? Su ministra de Educación podría pasar a la historia con la puesta en marcha de una reforma en tal sentido.

* Miembro de La Paz Querida.

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