Por: Andrés Hoyos

El agua

AHORA QUE SE ACERCA LA ESTAción seca, es decir lo que en el trópico llamamos el verano, no sobra hablar del agua, un elemento muy incomprendido en Colombia.

El agua puede, en efecto, asumir formas devastadoras, sobre todo mezclada con viento o con terremotos: hay tsunamis, huracanes, ciclones, tifones y tornados. Sin embargo, cualquier colombiano reconocerá que estos fenómenos son casi desconocidos aquí. En nuestra prosaica realidad simplemente llueve, a veces llueve mucho.

¿La lluvia es mala? Para responder a esta pregunta casi absurda basta con mirar el asunto por el revés. Las sequías pueden diezmar poblaciones, como sucede en África, al tiempo que la falta crónica de lluvia crea desiertos que son incapaces de sostener vida humana, como no sean pequeñas comunidades nómadas semejantes a los beduinos. En contraste, Colombia se ve desde el aire como una gran mancha verde. Aquí no hay desiertos, pues a los que llamamos así, dígase los alrededores de Ráquira, son simplemente sitios donde llueve menos. Quizá debamos reafirmar lo obvio: que el agua es una bendición. Más aún, no creo exagerar si digo que el agua es una riqueza de mayor importancia que el petróleo, pues mientras éste se agotará en menos de cien años, el agua dura milenios, y mientras que el petróleo contamina, el agua no sólo no contamina, sino que es uno de los bienes que se deben proteger de la contaminación.

Sin embargo, desde que me conozco —y me conozco hace varias décadas— vengo oyendo la misma noticia: que llegó el invierno y que son mil las plagas y calamidades que se ciernen sobre buena parte del país. Las inundaciones y los deslizamientos ocurren casi siempre en los mismos lugares, con tal cual variación de vecindario o con unos pocos años de intervalo. No hay nada raro en ello. Tan sólo sucede que nuestra endiablada geografía ofrece de forma natural lugares bajos hacia los que la fuerza de la gravedad, inmunda invención del Enemigo Malo, lleva a los líquidos, que tienen también una maligna tendencia a posarse si no se les permite fluir.

El problema, por supuesto, reside en que el manejo de un recurso natural como el agua exige imaginación, y hablar de burocracia imaginativa es casi un oxímoron. Una primera obviedad consiste en proponer que en un país montañoso y en el que llueve mucho, como el nuestro, el agua se debe embalsar, tanto en represas permanentes como en desfogues temporales. Así, el agua que es detenida más arriba no contribuye a formar inundaciones más abajo. Los embalses sirven para generar energía eléctrica, un bien cada vez más estratégico en la economía globalizada, aunque también son útiles en materia de regadío y para la industria de la acuacultura. Un país como Colombia tendría que ser una potencia piscícola, pero apenas estamos en pañales en la materia. Asimismo debía ser una potencia agrícola, pero la cantidad de tierra destinada a ello, menos de cinco millones de hectáreas, es ridícula. En Argentina, para poner un solo ejemplo, el área que se dedica nada más a la soya ocupa una superficie casi cuatro veces mayor que la del total de la agricultura colombiana.

El agua en este país es tan importante que debería contar con un ministerio dedicado en exclusiva a ella. Pero eso implicaría lucidez política en el Congreso y creatividad en el Ejecutivo. Así que mejor esperemos sentados a que lleguen otra vez las inundaciones y a que nos vuelvan a decir que la maldita lluvia nos ha tomado por sorpresa.

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