Por: María Elvira Bonilla

El alma de los verdugos

LA OBSESIÓN DEL JUEZ ESPAÑOL Baltasar Garzón por castigar penalmente, sin consideraciones espaciales o temporales, a quienes cometan crímenes de lesa humanidad, lo ha llevado a internarse en los abismos de la crueldad humana.

Para el juez Garzón no hay razón ni justificación alguna, con argumentos de derecha o de izquierda, que expliquen ni mucho menos justifiquen ese comportamiento criminal. Todos son igualmente despreciables y merecedores, y más si no se pierde de vista la condición de las víctimas arrasadas en el camino. Son precisamente las víctimas, en este caso de la dictadura argentina, las protagonistas y quienes le permitieron documentar a Garzón, con sus testimonios, su último libro El alma de los verdugos. Se sumerge en las entrañas de las máquinas de terror y de muerte en que se pueden convertir los seres humanos cuando actúan poseídos por demenciales cruzadas mesiánicas. “Morirán cuantos sean necesarios”, dijo el general Videla cuando asumió la tarea de no dejar ni una huella de los movimientos de izquierda posperonista en la Argentina de los años 70.

Similar obsesión fue la que guió, con toda la fuerza del horror, a los paramilitares que emprendieron “la limpieza” guerrillera en Colombia en los años 80 y 90; la misma que poseyó a otros monstruos de la guerra, como la guerrillera Karina, quien durante años sembró el terror entre los pobladores del oriente de Caldas y en Antioquia, hasta cuando se entregó a las autoridades como una fiera acorralada. Todos, desde los torturados argentinos hasta nuestros asesinos criollos, terminan no sólo supuestamente arrepentidos sino, como pobres angelitos inofensivos, capaces de soltar unas lágrimas públicas, de repente transformados en cínicos personajes dispuestos a despertar sentimientos de ternura alimentados por afectos filiales recién registrados.

Contrasta la posición radical del juez Garzón comprometido con el principio de Justicia Penal Universal con la de dirigentes locales, como Juan Manuel Santos, engolosinado con el estímulo a desertores e informantes, tan efectiva en lo inmediato como perversa en el futuro, cuando se trate de restaurar la convivencia civilizada y no la matonería de ahora. En su afán inmediatista (y mediático), se ha propuesto, torciéndole el pescuezo a la ya dudosa Ley de Justicia y Paz, minimizarle las penas a una persona tan sanguinaria como Karina o a un alias Rojas, quien por poco termina premiado por el asesinato a mansalva de un ser humano. En su obsesión y ambición, Santos no duda en lanzarle al país terribles mensajes de impunidad y de maquiavelismo barato, aun a costa de desorientar a sus conciudadanos con antivalores de insospechadas consecuencias sociales.

El perdón no puede ni plantearse sin el previo esclarecimiento de la verdad. Los muertos son tozudos, sobre todo cuando quedan sin sepultura ni duelo, sin la verdad de su destino final. A unos les queda la amargura; a otros, una soberbia quebrada por el temor a una justicia tardía; a muchos más, la vergüenza por una cobardía rayana en la complicidad, dice el juez Garzón. Una realidad que tiene sin cuidado al ministro Santos y que puede transformarse en el triunfo de los verdugos por cuenta del carrusel de recompensas que lo desvela tanto como su foto con sonrisa de satisfacción en las portadas de las revistas.

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