El amor y la eutanasia

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Víctor Escobar tomó la decisión más trascendental de su vida mientras una enfermera sostenía sobre su cabeza una sonda que se disponía a insertarle en el cuello para que pudiera respirar. “No quiero vivir más”, pensó estando en una sala de emergencias en Cali después de uno de los muchos episodios en los que se le llenan los pulmones de sangre y siente que se ahoga en su propia desdicha. Escobar, de 59 años, padece de EPOC, una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, y aunque podría decirse que es un hombre pobre, por ser de muy bajos recursos, ante mis ojos es rico en amor, ética y dignidad.

Cerró los ojos para no ver los aparatos quirúrgicos que usarían para realizarle una traqueotomía y pensó más bien en Diana, la mujer con la que comparte sus días y noches, quien es el amor de su vida y de su muerte. “¿Cómo no voy a pedirle permiso para morirme?”, así de profundo es su compromiso que hasta su vida le pertenece. Es ella quien lo cuida, lo baña, lo alimenta y se encarga de sus hijos. Diana se demoró en entender. “Me vas a dejar sola”, le decía mientras lloraban abrazados en su humilde vivienda, y él —que se ahoga hablando y mucho más cuando es con llanto— le explicó con ternura que era lo mejor para ambos. Y como el amor verdadero siempre es generoso, ella terminó aceptando.

Fue así como esta pareja, que sobrevive gracias a una máquina fotocopiadora instalada en su pieza, se embarcó en la tarea de buscar que a Víctor se le practique la eutanasia. Su búsqueda se vio truncada esta semana cuando recibieron una noticia devastadora. Tras dos años de lucha legal, que incluyó presentar una tutela contra su EPS porque se le negó el procedimiento por objeción de conciencia de la IPS, Víctor finalmente fue evaluado por un Comité Científico Interdisciplinario de la Fundación Valle del Lili que determinó que no es apto para una muerte digna.

Llamé a Víctor cuando se conoció el pronunciamiento del hospital y conversamos un rato, como lo hemos hecho varias veces desde que su historia circula en los medios de comunicación. Como suele suceder cuando una persona convive con la verdad y la muerte, nuestra conversación no tuvo almíbar y le pregunté de frente si el suicidio era una opción. La pregunta lo ofendió. “¿Cómo se le ocurre que le voy a hacer eso a Diana?”, me dijo indignado. “Yo no le haría eso jamás, me quiero despedir, irme tranquilo, dejarla organizada, darle las gracias”.

Víctor y Diana son para mí un ejemplo de amor y dignidad. Él no solo la ha respetado desde el día en que se enamoró de ella hace más de diez años, siendo conductor de camiones y ella, vendedora de útiles escolares, sino que quiere ser correcto hasta en su manera de dejarla: “Quiero que sea bonito”. Su sentido de la responsabilidad no tiene como fin lucirse ni conquistar a la mujer que ama, solo busca ser consecuente con lo que siente por ella.

Nadie sabe qué será de la muerte de Víctor. La ley dice que no se es apto para la eutanasia mientras exista un tratamiento de eficacia comprobada. En la oscuridad queda el espíritu de la ley que se supone alivia el sufrimiento de pacientes como Escobar, que necesita estar conectado a un tanque de oxígeno las 24 horas del día para existir y cuyos pulmones se colman con sangre hasta 8 veces diarias.

Diana está a su lado para asegurarse de que la muerte no lo sorprenda sin él haberla invitado. “Ella llora mientras me limpia la sangre, pero ya no dice nada”. Así transcurren las horas en el hogar de los Escobar, a la espera de una muerte digna que no llega, mientras ellos dan ejemplo de una vida con entereza.

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