Por: Héctor Abad Faciolince

El animal que nos mira

Hasta hace unos cinco años escribía en El Espectador un columnista que yo siempre leía, Klaus Ziegler, cuyos ensayos breves añoro todavía porque eran siempre agudos, fundados en datos científicos y en general un reto para la inteligencia. Recuerdo aún algunos en los que se refería al dolor de los animales. Poniéndose en el cuero de un toro de lidia, y parodiando al judío Shylock, se preguntaba Ziegler: “¿No tiene el toro ojos, no tiene patas, órganos, cerebro, dimensiones? ¿No experimenta emociones, dolor, sufrimiento? ¿Si lo pinchas, no sangra? ¿No se rasca si le pica?”.

El jueves pasado la Corte Suprema resolvió una acción de tutela y reversó un recurso de habeas corpus que otro juez había concedido a un oso de anteojos, Chucho, que vive en el zoológico de Barranquilla, y que en principio fue equiparado a un “preso” con derechos análogos a los de los humanos, al cual debía concederse la libertad. En el caso de Chucho, que siempre ha vivido en cautiverio, devolverlo a su hábitat natural significaría la muerte. En este caso específico, con órdenes judiciales contrastantes, es posible que la segunda sea la más sensata, pero quiero alejarme del caso en cuestión (así como del asunto de las corridas, que era el discutido por Ziegler) para centrarme en el problema filosófico general: la relación que tenemos nosotros, animales humanos, simios grandes, con los demás animales.

Para empezar habría que distinguir de qué tipos animales hablamos. Aunque las primeras formas de vida que aparecieron en la tierra fueron bacterias, y aunque estas siguen siendo los organismos más abundantes que existen, nuestra relación con ellas es ciega y carente de afectos. Nuestros ojos no están diseñados para ver bacterias; si las viéramos, el cuerpo humano nos resultaría bastante extraño: llevamos por dentro (en las tripas) y por fuera (en la piel) más bacterias que células humanas. No podríamos sobrevivir sin infinidad de bacterias benéficas, pero al mismo tiempo hospedamos bacterias que nos pueden matar: lepra, sífilis, tifus, tuberculosis. Hasta hemos diseñado antibióticos para matar bacterias, y aunque cada vez se defiende más la existencia de bacterias benéficas, casi nadie habla de los derechos de las bacterias y solo unos cuantos fanáticos se oponen a que impidamos el crecimiento de ciertas bacterias dentro de nuestro cuerpo mediante vacunas.

Cuanto más grandes se hacen los animales, más compleja se vuelve nuestra relación con ellos. Hay religiones que prescriben respetar la vida de todos los insectos, los seres vivos más pequeños que están al alcance de nuestra vista y que de alguna forma también nos ven o nos perciben. Un zancudo se guía por el CO2 que exhala nuestra piel, y también por el calor que despedimos, para picarnos. Algunas hembras de mosquito nos inyectan incluso anticoagulantes para mejor chuparnos la sangre. Salvo personas de gran sensibilidad, casi nadie se siente culpable al matar un zancudo de una palmada. ¿Le duele al mosquito su muerte? No lo sabemos.

Pero los animales que más nos inquietan (voy a saltarme peces, aves, crustáceos y moluscos) son aquellos vertebrados con los que compartimos nuestra primera forma de alimentarnos: mamando. Mamíferos como las ballenas, delfines, vacas, perros, tigres, caballos, osos, cerdos, etc. tienen sin duda algún tipo de conciencia: sienten, piensan, sufren, temen, agreden, desean, matan, huyen, atacan, se defienden. La ampliación del círculo moral, según la poderosa metáfora de Peter Singer, ocurre con las especies de cuya capacidad de sufrir estamos convencidos. El chillido de un cerdo apuñalado no debería ser más real que la mudez dolorosa de una jirafa abaleada.

En este punto llegan las preguntas más complejas: ¿tenemos derecho a tener mascotas? ¿Debe haber zoológicos? ¿Es ético comerse animales si estos son sacrificados sin dolor? ¿El especismo es una falta ética tan grave como el racismo o el sexismo? A veces uno agradece que el espacio se le acabe.

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2019-08-11T00:00:56-05:00

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2019-08-11T00:15:01-05:00

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