Por: Alberto López de Mesa

El arte de la docencia

El desarrollo integral de un país es resultante del modo en que satisface el derecho a la educación de la población. Los gobiernos están obligados a crear un sistema educativo de cobertura total, esto es que en todo el territorio nacional, sin excepción, los habitantes se benefician de centros educativos desde la primera infancia y durante toda la vida: preescolar, básica primaria, bachillerato, universitario, institutos para especializaciones, escuelas de artes y oficios, centros de investigación e innovación y etcétera de ofertas para la cualificación, el aprendizaje y la creación según el interés o la vocación de cada individuo.

La calidad de la educación estará determinada por diversos y complejos factores, pero la universalidad y el humanismo en los procesos de enseñanza-aprendizaje garantizan que nos eduquemos para el goce del saber, analíticos, sensibles, críticos, creativos, participativos, idóneos en la profesión o la especialidad en que nos formemos.

Locaciones excelentes, infraestructura, programas, métodos pedagógicos, hacen eficiente un sistema educativo, pero en realidad está en el magisterio, en el profesorado, la responsabilidad originaria de la educación de los pueblos, maestras y maestros son, en definitiva el sistema educativo, por eso el oficio de la docencia conlleva una mística (no escatimar talentos ni recursos para consumar su didáctica) y una ética que consiste en hacer a los discentes depositarios de su saber y su conciencia.

Ahora, el senador Edward Rodríguez, del Centro Democrático, propone una ley que prohíbe a los maestros usar las clases para adoctrinar políticamente a sus alumnos. “No al proselitismo en el aula” -arengan sus copartidarios.

Dicha ley atenta contra la libertad de cátedra y obedece a una campaña de las sectas derechistas en latinoamérica para impedir la divulgación de cualquier noción progresista en centros educativos y en medios de comunicación.

Ningúna educación se da exenta de la ideología de quien la imparte.

Por ejemplo, la iglesia católica, que desde la colonización dominó el sistema educativo colombiano y aún hoy posee instituciones educativas propias, presencia y participación en los contenidos de los programas educacionales, sus maestros adoctrinarlos en el evangelio a muchas generaciones.

Recuerdo ahora el papel tan determinante que cumplió el maestro Simón Rodríguez en la formación política y en el espíritu patriótico del Libertador Simón Bolívar. Recuerdo también a los grandes maestros que a lo largo de mi vida forjaron mi pensamiento: Rafael Guerra, rector y dueño del Liceo del Caribe, librepensador obsesionado con la modernidad, a Alfonzo Daza Dangond, mi rector en el bachillerato, liberal oficialista pero que admitió en su equipo a un cura de la teología de la liberación y a profesores críticos del presidente López Michelsen, en la universidad mi profesora de urbanismo Cecilia Pascual, exiliada cubana que no desaprovechaba oportunidad para denigrar del régimen castrista, Monsieur Jeangros rector del Refous donde estudiaron mis hijos, con quién yo, como padre de familia, aprendí de su humanismo y me aleccionó en los valores capitales de su ética, estos y casi todos los maestros de mi vida jamás se privaron de exponerme con estilo su ideología política o su criterio sobre la realidades sociales e históricas, gracias a lo cual se forjó mi pensamiento sensible y atento a no tragar entero.

Al contrario, lo qué pretende los senadores del CD es censurar la libre expresión del docente, para que el pueblo reciba una educación manda y moldeada al antojo de sus intereses políticos. Lo justo sería que a los centros educativos para todas las edades llegarán los candidatos a exponer sus propuestas y que el alnado tuviera el acervo para discernir las diferentes ideas y elegir libremente.

El oficio de la docencia, en el mejor de los casos, también es un arte, el arte de hacer del pensamiento y de la expresión una didáctica para formar buenos ciudadanos, gente pensante y proponente. Se le olvida al senador Edward Rodríguez que además de la escuela, nuestra educación la recibimos de toda la sociedad, desde la familia, la cultura y especialmente los medios de comunicación.

Defendamis la libertad de cátedra, una educación abierta que nos enseñe a conocernos y a reconocer a los demás.

 

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