El Bogotazo del 2020

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Desde que mataron a Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1948, no se manifestaba la indignación nacional de la forma en que se vivió este 9 de septiembre de 2020. Esta vez también fue por otro asesinato, la Policía Nacional de Colombia acabó con la vida de Javier Ordóñez.

Lo anterior no es un dato menor, porque la muerte de Gaitán fue un magnicidio y la sangre de Gaitán se transformó en el detonante para que el pueblo se levantará, pero Gaitán era un hombre popular, conocido y candidato presidencial. De una u otra forma era de la élite colombiana, mientras que Javier Ordóñez era un tipo del común y si su asesinato despertó a Colombia, fue porque Colombia cambió; ya no escogemos el dolor debido al estrato, popularidad o fama de la víctima; ahora nos dolió un citadino del común y eso, eso es un enorme paso para dejar, de una vez y para siempre, el adormecimiento y la apatía con el sufrimiento de nuestros compatriotas.

Las imágenes de la brutalidad policial lograron lo que nunca antes en la historia de Colombia: despertar a un pueblo que antes posaba con el dolor de los asesinatos en otras naciones, pero miraba para otro lado cuando se trataba del dolor de nuestros propios muertos. La indolencia en Colombia terminó ayer y el pueblo, asfixiado, respondió con violencia.

Concuerdo con quienes piensan que la violencia estatal y los asesinatos de Estado no deben responderse con más violencia, pero aquí vale la pena preguntarse si las marchas pacíficas, de esas que piden que se hagan los domingos a las 10:00 pm para que el tráfico no se frene y para que la “gente de bien” pueda vivir tranquila, han logrado algo en la historia de las revoluciones del mundo.

Empecemos por la más famosa, la francesa. Ellos no marcharon con cacerolas y velas, los franceses se ganaron sus derechos peleando en las calles. Ahora vamos con los barbudos libertarios de Cuba, liderados por Camilo, El Che y Fidel, en ese orden. Ellos, fusil en mano, liberaron a Cuba. Y terminemos con las nuestras, la Insurrección de los comuneros, la Independencia, la Guerra de los mil días, las guerrillas de las Farc y Los Llanos fueron respuestas armadas que se gestaron debido al terrorismo de Estado. Porque el Estado es el verdadero culpable de que el pueblo tome la salida violenta.

Duele, pero es cierto. El pueblo colombiano es tan noble que, si se le golpea, así se le golpee muy duro, no responde, aguanta, pero si el Estado lo masacra, el pueblo se cansa y ahí sí responde. Eso ocurrió ayer en Bogotá, donde se despertó el sentir de un pueblo cansado de ser pisoteado por sus gobernantes, explotado por sus empresarios, masacrado por narcos, paramilitares y guerrillas, si es que a esta altura no son la misma vaina, y por si esto fuese poco, también acribillado a mansalva por la Policía y el Ejército, quienes se supone juraron defender a los ciudadanos, pero equivocaron el camino y el pueblo se cansó.

Hechos y culpables

Los hechos fueron conocidos por el poder que hoy tiene el celular. Recordemos aquí la frase de la canción protesta latinoamericana de Mon Laferte y Guaynaa “Plata Ta Tá”. Allí se canta una advertencia que ayer se cumplió en Colombia: “esta generación tiene la revolución, /con el celular tiene más poder que Donald Trump”. Así sucedió, con un celular se grabó la brutal golpiza que la Policía Nacional le propinó a Javier Ordóñez y que produjo su muerte. Da pavor pensar en los actos de policías y soldados en las regiones alejadas de la capital donde las botas militares impiden hablar y grabar.

La grabación se viralizó y, al mismo tiempo, nacionalizó la indignación. El pueblo en distintas ciudades decidió protestar pacíficamente en un inicio, pero el Estado, una vez más, falló y la olla a presión de décadas explotó en Bogotá. Y ¿por qué falló el Estado después de asesinar a Javier Ordóñez? Lo primero que hizo el presidente Iván Duque fue cumplir con su rol de indolente. Cuando se dirigió al país, pisoteó la dignidad de la víctima y sus familiares. Pudo centrar sus palabras en el dolor de una familia que sufre, pero decidió exaltar a la Policía Nacional. Él, con su estilo cruel, dijo: “Hemos visto hechos dolorosos el día de hoy, pero hemos visto también la actitud gallarda, férrea, no solamente de los comandantes de la Policía, sino también del señor ministro de la Defensa y de toda la institucionalidad para que se hagan las investigaciones”.

Es decir, ser gallardos y férreos, para este esperpento de presidente, es ser asesinos indolentes. Eso hirió aún más a las víctimas de un Estado que reparte sangre y fuego por los territorios desde hace décadas y que sólo pone la cara cuando es grabado con un celular, pero la pone para pisotear las memorias de los caídos y sus dolientes.

La institucionalidad reforzó su discurso sin alma y de espalda al pueblo con las palabras del general Gustavo Moreno, subdirector de la Policía Nacional, quien dialogó en Noticias Caracol con la periodista Vanessa de la Torre. Ella, dicho sea de paso, hizo periodismo. Hizo preguntas sobre el porqué del abuso policial contra un hombre indefenso en el piso que suplicaba para que no lo maltrataran más. Con eso, Vanessa demostró que lo que fuese el mejor oficio del mundo y hoy es la mejor profesión del mundo está muy mal en Colombia, pues quien hace preguntas directas parece excepcional, cuando realmente ahí radica la razón de ser del periodista. Tantos arrodillados con micrófonos y pantallas le han hecho mucho daño a la herencia de Guillermo Cano, García Márquez y Silvia Galvis.

Pero volvamos al vocero oficial de la macabra Policía Nacional, el general Moreno. Él, cuando debió pedirle disculpas a la familia de Javier Ordóñez, cuando pudo aprovechar para poner la Policía de rodillas de forma simbólica ante la dignidad de las víctimas y el honor del pueblo, como sucedió en Estados Unidos para frenar la avalancha que se venía, optó por decir un discurso lleno de lugares comunes que, más que calma, generó rabia. Tanto él como el presidente representan la institucionalidad que hasta hoy no se solidariza con las víctimas, sino con los victimarios.

El general dijo: “Yo quiero aprovechar esto para decirle a la familia de Javier Humberto Ordóñez Bermúdez, que la Policía Nacional está investigando esta situación, que vamos a dar en el menor tiempo posible toda la claridad necesaria. Y si hay funcionarios que tienen que responder a nivel individual por este hecho, tendrán que responderlo. No es una política institucional, por el contrario, la Policía Nacional de los colombianos se ha construido de la mano de cada uno de ustedes. Hemos perdido muchos hombres, muchas mujeres, arriesgamos permanentemente nuestras vidas, por servirle a la comunidad y es algo que seguiremos haciendo”.

Su desfachatez no tiene presentación alguna en el manual del trato humano con las víctimas. Cuando pudo aprovechar la pantalla nacional para ofrecer una disculpa gallarda, decidió echarle vinagre a una herida nacional sangrante. Créanme, hubo un tiempo en el que ver a un policía daba seguridad y orgullo, pero hoy, la sensación que produce el encuentro con un uniformado es de asco y miedo. Uno no piensa que lo van a proteger, uno cree que debe cuidarse de que no le roben dinero, no lo intimiden ni lo maltraten. Los culpables de esa pésima imagen son ellos mismos, sus atropellos y su corrupción.

Por todo esto, el Estado es el principal culpable del segundo Bogotazo de nuestra historia. Ellos decidieron actuar de forma inmisericorde y el pueblo, dolido, siguió el ejemplo, no tuvo misericordia. Algunos hablan aquí del dolor selectivo y que debe doler igual un policía asesinado o un soldado fusilado con balas insurgentes, que un civil asesinado por policías o soldados. Soy enfático: ¡NO! No es igual un cadáver colombiano en medio de una guerra que no cesa debido al narcotráfico, que un colombiano asesinado por la brutalidad policial. Y si piensan que es igual, pues entonces, ubiquemos a la Policía Nacional y al Ejército Nacional al mismo nivel de guerrilleros, narcos y paramilitares; es decir, como grupos armados fuera de la ley.

@faroukcaballero

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