Por: Antieditorial

El cannabis en Colombia: la oportunidad que nunca existió

Por Liliana Hernández 

El cannabis en nuestro país país comienza su historia en el marco de la legalidad, como la de la caña de azúcar, el café o las flores: grandes capitales privados se dedican a producir la materia prima sin mucho procesamiento (en el caso del cannabis es solo cultivar la planta, cosechar las flores y elaborar los extractos base con ellas) para exportarlo a los países que llevan realizando investigación en el tema durante décadas y ya han desarrollado la tecnología para transformar esos extractos en productos de altísimo valor agregado que tendremos que importar a precios elevados, prácticamente prohibitivos para la gran mayoría de la población.

En este orden de ideas, ¿de qué oportunidad estamos hablando? ¿De la de seguir explotando la mano de obra barata, calificada o no, del país? ¿Esa es la promesa de desarrollo detrás de la “oportunidad del cannabis”?

Las razones por las que se defiende hoy el incipiente negocio del cannabis son las mismas con las que se defendió el de la caña de azúcar en su momento: que Colombia es un país que no tiene estaciones.

¿En serio esa es la mejor defensa que se puede hacer de un proyecto productivo? ¿Eso es a lo que tenemos que seguir aspirando los colombianos? ¿A seguir produciendo materias primas “baratas” para que, en el extranjero, como siempre, sean otros los capitales privados que se multipliquen al mejor estilo colonialista?

¿De nada sirvieron las lecciones aprendidas desde comienzos del siglo XIX con la quina, el caucho, el cacao y más recientemente con otros productos agrícolas que en su agonía ahora dan a luz el negocio del cannabis?

¿Eso es lo máximo a lo que podemos aspirar? ¿A perpetuar la pobreza y el atraso porque las personas que toman las decisiones importantes en este país piensan que no sabemos hacer más? ¿De verdad es que no sabemos hacer más? O será, más bien, que siempre nos han querido hacer creer eso.

Ingeniera química Ph.D.

 

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