Por: Beatriz Vanegas Athías

El Centro Democrático es nuestro Chernóbil

Es así en esta republiquita llamada Colombia. Nacido en las ubres de las vacas de un terrateniente que se inventó el paramilitarismo con el eufemístico nombre de “Convivir” dizque para acabar con el flagelo de la guerrilla, este grupo de negociantes financió las más grandes expropiaciones de tierra de que se tenga noticia en la historia republicana del país. Ello constituyó cada masacre gestada en la Colombia rural en la que de manera rastrera arrasaban también los enviados del Gran Jefe, con notarías en las que reposaban los títulos de las tierras hoy en manos de los aforados que encontraron en el paramilitarismo una mejor estrategia para sostener la que ellos llaman política. El idioma español tuvo entonces que inclinarse y crear un nuevo e infame término: parapolítica.

La tierra no fue pues para quien la trabajara, sino para quien masacrara y desplazara: Tierralta, Chengue, Mapiripán, El Salado, Necoclí, Ituango, Tame, Arauquita, Saravena, Tamborales, Miraflores, Dabeiba, Encimadas, La Sierpe, Barrancabermeja, El Carmen de Bolívar, El Doncello, Segovia, Amaime, Vista Hermosa, Pájaro, Uribia, Soacha, Confines, Caldono, Bojayá, Humadea, Pore, Paujil, Sotavento, Taraira, Cumbal…

La tierra para el ganado y no para cultivar alimentos, es decir, este desplazamiento de la utilidad de la tierra ha desplazado también a más de la mitad de Colombia que es rural. Y así aparecieron términos como narcoparamilitarismo, una palabra compuesta y extensa, como extensa es la ignominia que creó. Entre tanto, la palabra campesino se llenó de una significación depravada: “ayudante de la guerrilla” y, en consecuencia, de una palabra trágica: desplazado, quienes, como cantara el poeta Héctor Rojas Herazo, “llegaban en montón duros y solos / con harapos de sueño / con quijadas de vaca bramando entre sus ojos”. Y se volvió popular un nombre común concreto y femenino: la motosierra.

Este gobierno del finquero estudiado dizque en Harvard, que reunía a todo aquel conglomerado de pobres y mezquinos hombres arropados dizque bajo el Partido Liberal (vergonzante) y el por tradición aún más vergonzante y acomodaticio Partido Conservador, ha sido el Chernóbil de Colombia. Además de tapizar de fosas comunes la geografía nacional, sembró en el alma de sus seguidores la consigna del irrespeto a la vida y a las leyes que garantizan la existencia de una república. Sembró el odio y el irrespeto al otro que no piensa como yo y a quien hay que exterminar en nombre del respeto, de los valores y de Dios y la Santísima Virgen María.

Generaciones actuales de jóvenes viejos engrosan sus filas y defienden la hamponería y el bandidismo con similar estilo que los seguidores del narcotraficante Pablo Escobar. Cierran filas alrededor de un delincuente y prófugo como Andrés Felipe Arias, sin considerar que es imposible ponerse en más evidencia; sin considerar que han trascendido el límite de la desvergüenza.

Ha sido un daño generacional el que ha hecho este mal llamado partido político que configura en su nombre un contrasentido que delata sus infinitas incoherencias. Ojalá como afirma la escritora Svetlana Alexiévich: “El tiempo se había mordido la cola. El principio y el fin se habían unido”.

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El Centro Democrático es nuestro Chernóbil

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