Por: Salomón Kalmanovitz

El cesarismo democrático

TOMÁS ELOY MARTÍNEZ ESCRIBIÓ una columna en El País de Madrid con este tema, derivado de una caracterización de Antonio Gramsci que aplica muy bien a la historia de América Latina: “el cesarismo expresa siempre la solución arbitraria, confiada a una gran personalidad, de una situación histórica-política caracterizada por un equilibrio de fuerzas de perspectivas catastróficas”.

Habría que añadir que el equilibrio de fuerzas políticas que tiene salidas productivas se produce en escenarios de negociación donde existe representación de los intereses de todas las clases, partidos fuertes y reglas constitucionales respetadas por todos que garantizan la competencia justa por el poder. ¿Por qué la América Latina ha desarrollado sólo a medias las bases de estas reglas de la democracia liberal? Una de las causas es el legado español del absolutismo, sobre el que hubo que construir tortuosamente una estructura política que carecía de una burguesía desarrollada y que dependió demasiado de caudillos militares, gamonales y obispos.

La evolución política reciente de Colombia ha sido problemática en este sentido: un país que se consideraba inmune al caudillismo y se ufanaba de la persistencia de sus instituciones democráticas, se ha visto agobiado por la epidemia latinoamericana. El común denominador es la debilidad de las reglas políticas y la facilidad con que regímenes de izquierda o de derecha las cambian para perpetuarse en el poder. La dinastía Castro en Cuba, el Chávez otoñal, lo que intentaba el presidente Zelaya en Honduras y todos los mandatarios que impulsan el llamado socialismo del siglo XXI.

En Colombia, Álvaro Uribe ha encarnado esa personalidad fuerte que dice y pretende aplastar la insurgencia de manera definitiva, que de otra forma amenaza de manera ciertamente catastrófica a los empresarios, a las capas medias, a los propietarios rurales y a los habitantes de las urbes colombianas.

¿Cómo fue posible que Uribe pudiera cambiar a su favor las reglas de sucesión que estableció la Constitución de 1991? Primero, los constituyentes pensaron que la carta debía ser modificable con facilidad. Después, la izquierda introdujo elementos de democracia plebiscitaria para cambiarla cuando las fuerzas políticas mayoritarias así lo decidieran. Se abandonó así el principio de respeto a las minorías y a la oposición que había sido sabiamente introducido en la reforma a la Constitución de 1886 que se hizo en 1910.

El presidente Uribe y sus mayorías parlamentarias han doblegado la oposición y el primero se ha erigido como un César omnipotente que cuenta con un amplio apoyo popular. El débil cerrojo que había impedido que se vulneraran las reglas de alternación presidencial y que operaran los frenos y balances de la división del poder, ha sido violentado durante los dos períodos de Uribe.

El cesarismo se ha manifestado en la Argentina de los Kirchner, en el Perú de Fujimori, en el Chile de Pinochet y en la Colombia de Uribe. Cada uno se ha encontrado con enormes oportunidades de corrupción y de utilizar el Estado para enriquecerse, porque han debilitado o destruido la oposición o cualquier fuerza que los ponga en evidencia; sus decisiones autocráticas han sido perjudiciales para el desarrollo. Es como si el legado hispánico del absolutismo persiguiera el destino político de la América Latina para siempre.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz