Por: Gustavo Páez Escobar

El Club de los Suicidas

Cuando yo vivía en el Quindío (años 70 y 80 del siglo pasado), la ola de suicidios  estremecía a la sociedad quindiana de manera dramática. Quienes éramos miembros del Consejo de la Policía hablábamos sobre la frecuencia de este hecho y las causas que lo originaban, tratando de determinar los correctivos que debían aplicarse. Por desgracia, nunca ha habido una respuesta certera que explique y solucione este fenómeno traumático.  

En mi novela La noche de Zamira (1998), que se mueve en el ambiente social que caracterizaba el discurrir de la comarca, hay una pareja de enamorados, menores de  20 años, que se suicidan en un parque emblemático. Lo hicieron movidos por la desadaptación familiar y social, y la consiguiente depresión, que agobiaban sus vidas. El Quindío es una de las regiones con mayor índice de suicidas en el país. 

La revista Semana recordaba hace poco la existencia en Armenia, en los años 30 del siglo pasado, del Club de los Suicidas. Se trataba de una entidad macabra a la que pertenecían hombres y mujeres de la clase alta, por lo general adolescentes desencantados de la vida y presas fáciles, por eso mismo, para dispararse una bala en el cerebro o tomarse un veneno. Los dos personajes de mi novela son seres errátiles, vacíos de motivaciones y esperanzas y desarraigados en su propio entorno.

Los socios se matriculaban en este organismo con todos los requisitos de un club social: debían pagar cuota de admisión y mantenimiento y acreditar condiciones de seriedad. Y se les tomaba este juramento: “¿Jura usted y empeña su palabra de caballero y de hombre, sin protestar ni perder prórroga alguna en el plazo fijado, para terminar con su vida cuando aparezca su nombre en el sorteo de rigor?”.

Estos aliados de la muerte frecuentaban el ambiente sórdido de los burdeles, y bajo el estímulo del aguardiente buscaban el frenesí en canciones de arrabal como “Cicatrices”, “Suplicio”, “Cómo se adora el sol”, “Desesperación”, “Triste domingo”, “Muy pronto es mi partida”, “Desde que te marchaste”.

Entre trago y trago realizaban el pacto suicida. A quien correspondía el turno le llegaba una notificación acompañada de una bala, para que cumpliera su palabra. Si no lo hacía, era asesinado. Se calcula que más de 100 personas se suicidaron  entonces, en un poblado muy pequeño como lo era Armenia en los años 30. 

En la época actual, subsiste en el Quindío el mismo Club de los Suicidas, en forma invisible pero contundente. Nada ha cambiado, ni en el ambiente ni en los desvíos mentales de la gente perturbada por esta grave calamidad. Hoy se habla de unos 50 suicidios anuales. Han fracasado, pues, todos los intentos para frenar esta tendencia espeluznante. 

Año por año, las noticias de prensa repiten las mismas estadísticas, y la sociedad se estremece –o deja ya de estremecerse, por tratarse de una situación rutinaria–ante cada nuevo suicidio. Se trata, claro, de un delicado asunto de salud pública que se ha escapado al control de las autoridades.

El mal está arraigado en la región desde hace cerca de un siglo  como hierba maldita. Como reto sin respuesta. Es una voz vigorosa que clama en la conciencia colectiva.

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