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HACE UNAS SEMANAS EL ALCALDE de Bogotá inauguró el colegio “General Gustavo Rojas Pinilla”, obra que además de rendirle homenaje al sátrapa, tiene una capacidad de casi cuatro mil pupitres. Felicitaciones a la ciudad, a la localidad de Kennedy y, sobre todo, a los jóvenes que se beneficiarán con esta nueva oferta académica. Lástima por la historia y por las víctimas de la dictadura rojaspinillista.
Unos padres de familia sensatos, en absoluto matricularían a su hijo o hija en un colegio que lleve el nombre de un criminal. Por ejemplo, en Alemania jamás existirá la “Adolf Hitler Schule”, o en Italia el “Collegio Benito Mussolini”. En la Rusia de hoy, difícilmente a alguien se le ocurriría abrir las puertas de un instituto que lleve el nombre de Josep Stalin, o en Chile es improbable encontrar un jardín infantil llamado “Augusto Pinochet”.
Generalmente, los centros académicos honran a hombres y mujeres que le hicieron grandes aportes a la humanidad y no a aquellos o aquellas que son una vergüenza para la misma. Rojas Pinilla hace parte del segundo grupo.
No está de más darle un repaso a la historia. En mayo de 1953, el presidente titular, Laureano Gómez, recibió informaciones delicadísimas respecto del comportamiento del general Rojas, quien era el comandante de las Fuerzas Militares. En efecto, se supo que a instancias de ese oficial se había torturado a don Felipe Echavarría Olózaga, a quien acusaban de estar conspirando. El señor Echavarría era un enfermo mental que alucinaba permanentemente. No obstante el diagnóstico clínico, Rojas impartió la orden de desnudarlo, golpearlo y mantenerlo sentado durante horas sobre un bloque de hielo.
Ese episodio hizo que Laureano Gómez le exigiera al designado, Roberto Urdaneta, la destitución inmediata del general, instrucción que fue desatendida. Por tal razón, en la tarde del 13 de junio del 53, Laureano retomó el poder, convocó a su Gabinete, nombró a Jorge Leyva como Ministro de Guerra y decretó la salida de Rojas Pinilla.
El chafarote desobedeció la decisión de su comandante y rompió en mil pedazos la tradición democrática del país, dando el más ignominioso golpe de Estado de nuestra historia.
Con Rojas en el poder, el festín fue absoluto. Los opositores fueron desterrados, los periódicos y emisoras de radio sufrieron una burda censura, mientras que los ciudadanos tuvieron que soportar estoicamente los desmanes nepotistas del gobernante. El tropicalísimo dictador permitió que muchos de sus primos y allegados mandaran a timbrar tarjetas de cortesía en las que se presentaban como “miembros de la familia presidencial”.
Algunos creen que el de Rojas fue un gran gobierno porque hizo carreteras, ferrocarriles y aeropuertos, obras que son tan ciertas como las que ejecutaron Saddam Hussein en Irak o Kim Jong Il en Corea del Norte.
Los dictadores siempre han creído que sus abusos se tapan con ladrillos y cemento. El Alcalde de Bogotá aprendió la lección y por eso lo vimos sacando pecho cuando cortaba la cinta inaugural del colegio “General Gustavo Rojas Pinilla”. Con su gesto, nos recordó que él también fue “miembro de la familia presidencial”.
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Tenía ganas de responder el puyazo que me metió Camacho Guisado en su columna de la semana pasada, pero preferí hacer caso de Goethe, quien decía que contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano.
