Costas extrañas

“El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad

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El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness, 1899) es la historia de un curtido marinero que encuentra horror y desolación donde otros encuentran una monumental civilización en marcha. Quizás por eso su popularidad se preserva: porque hoy también se encuentra horror y desolación donde otros encuentran una monumental civilización en marcha.

Su popularidad también se preserva porque Joseph Conrad, que cometió la proeza de escribir esta novela breve en inglés a pesar de ser polaco, tiene un ojo talentoso para captar los detalles y una pluma ansiosa por rearmar el mundo (o por desarmarlo con cierto estilo) con las mejores palabras posibles. Además, aunque en la superficie sea una denuncia sardónica del sistema colonial, El corazón en las tinieblas estudia un vicio más particular e intemporal: la ambición.

Marlow, el curtido marinero, se embarca en una expedición con varios hombres para traer de regreso a Kurtz, un explorador célebre que ha contribuido a la gloria de la empresa civilizadora con vastas cantidades de marfil. Pero Kurtz no quiere regresar: hambriento de marfil, ha fundado un pequeño imperio al filo de un río ancho y hostil, convertido a los nativos en siervos fanáticos y descabezado un puñado de disidentes. Pronto enferma y muere en las faldas del delirio en un camastro prestado.

Cuento sin escrúpulos el desenlace porque no es eso lo que interesa en la novela: interesa lo que ocurre en medio para que Marlow y Kurtz se encuentren. Mientras perfila a Kurtz con las voces de sus admiradores y enemigos, Marlow, que es el narrador, hace dos cosas: interactúa con una galería colorida y peculiar de personajes que participan en las expediciones colonizadoras y se adentra en una selva literal y figurada que amenaza con tragárselo.

Con el buen ojo de Marlow, que es el mismo buen ojo de Conrad, la colonización, ese concepto tan pomposo y tan gris, adquiere una forma precisa en los personajes que la ejecutan, unos despreciables, otros conmovedores. Hay un mecánico de barco, viudo y con hijos, que ama entrenar palomas; hay un ruso solitario, siervo de Kurtz, que viste pantalones remendados de arlequín y se alegra y se entristece tan rápido como se enciende y se apaga una bombilla; hay una vieja que teje en las oficinas de la Compañía en un silencio tenebroso, como si fuera la muerte misma; hay un contador que se viste en medio del calor alucinante de la selva, a unos pasos del bosque donde los negros mueren de hambre y olvido (con sus ojos “parecidos a los de un ciego”), como si estuviera en pleno otoño en una calle londinense. En ocasiones da la impresión de que Kurtz es apenas una excusa para contar las decenas de existencias deformadas en el afán por acumular marfil.

Mientras esos personajes emergen y se esfuman, Marlow, hereje del evangelio de la colonización y dueño de una lengua irónica, penetra en la selva. Hay niebla gorda (“la blanca ceguera de la niebla”), hay cañones que escupen fuego contra enemigos invisibles, hay nativos que responden a los golpes de la pólvora con proyectiles emponzoñados. Dice Kurtz: “La Tierra no parecía la Tierra. Estamos habituados a mirar la forma encadenada de un monstruo conquistado, pero allí… Allí uno podía ver una cosa monstruosa y libre”. La selva es una “penumbra enmarañada”, tan misteriosa y meditabunda como Kurtz, una extensión de verdes pavorosos donde los hombres blancos disparan con los ojos cerrados. Marlow insiste (a veces con una prosa que cojea por repetitiva y con un lirismo exacerbado que en vez de alumbrar ensombrece) en que la selva es oscura en apariencia y en espíritu, pero a medida que avanza la expedición la impresión se invierte: son los hombres blancos, los delicados aventureros en pijama, quienes se vuelven oscuros porque se les han podrido el pellejo y el alma.

Entonces Marlow encuentra a Kurtz, que no pudo resistirse al influjo de la selva y también se ha hecho oscuro. “Él odiaba todo esto, pero por alguna razón no podía alejarse”, dice uno de sus seguidores. La selva ha echado raíces en él: “Creo que [la selva] le susurraba cosas sobre sí mismo que él ignoraba”, dice Marlow, “cosas de las cuales él no tenía ninguna noción hasta que pidió su consejo ante esta gran soledad. Y el susurro se mostró irresistiblemente fascinante. Vibró alto dentro de él porque su corazón estaba hueco”. Y el consejo de la selva fue nocivo, destructor: “Con sólo esto había engañado a su alma sin ley para que sobrepasara las aspiraciones permitidas”.

En el último trayecto de la novela, Marlow visita a la viuda de Kurtz. A pesar de que detesta mentir, Marlow le asegura que sus últimas palabras fueron el nombre de su esposa (cuando en realidad fueron “El horror, el horror”), como si todos los mandatos éticos cedieran ante la compasión y el amor. Es el único puerto seguro que parece encontrar Marlow, que pese a toda su experiencia dice: “Lo que más se puede esperar de la vida es algún conocimiento de uno mismo, que llega muy tarde” y “Estaba a un pelo de la última oportunidad para hablar, y encontré con humillación que quizás no tendría nada para decir”. Conrad, que en los programas universitarios gringos hace parte de la literatura victoriana, es más bien un puente entre los victorianos y los modernistas: la humanidad, para él como para Beckett y Camus, está condenada a andar a tientas. La selva es sólo otro pasillo sin luz.

CODA

Leí sus comentarios en la columna anterior. Gracias a todos por escribir: Gines, Paulo Augusto, Francisco, Jesus Antonio, Milkas, Eudoro, Felipe e Iván (pronto escribiré una columna sobre poesía en español, Iván). Quisiera recordarles que este espacio sale todos los miércoles cada quince días y que en este enlace pueden leer otras columnas. Hay poesía y prosa, algo de pintura, algo de música: en todo caso, un empeño por apreciar la forma y el fondo de cada obra. Pregunta para todos: ¿han leído otras novelas o cuentos de Conrad? También: ¿recuerdan otros relatos que aborden la colonización africana? Propongo uno que es vecino de esos campos: Un recodo en el río de V. S. Naipaul.

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