Por: Javier Ortiz

El corazón del ahorcado

Hay fotos. Un cadáver cuelga de un improvisado cadalso construido sobre las vías del tren en la ciudad de Colón, en Panamá, en Colombia. Minutos antes, varios militares acomodaron una plataforma del ferrocarril sobre los rieles, le pusieron encima un pequeño cajón de madera y sobre ese artefacto hicieron subir a un hombre —también pequeño—, que iba vestido de levita y llevaba sobre su cabeza un sombrero de bombín; parece que también estrenaba una tranquilidad pasmosa para la ocasión —el condenado no puede escoger ni la forma de morir ni la hora, pero sí la actitud—. Luego, dos hombres más grandes que él empujaron la plataforma que rodó sobre los rieles, se hizo un vacío y llegó la muerte. Era 18 de agosto de 1885 y el país transitaba por una de las últimas guerras civiles del siglo XIX.

El hombre, no el cadáver, se llamaba Pedro Prestán; era mulato, era abogado, era liberal, era radical. Había nacido en Cartagena de Indias el 15 de marzo de 1852, pero muy temprano se marchó a Colón, cuando todavía los norteamericanos insistían en llamarla Aspinwall, en honor a uno de los empresarios neoyorquinos que entre 1847 y 1855 financiaron el ferrocarril de Panamá con el que le ganaron la batalla expansiva a los “afeminados europeos”. En Colón, Prestán se convirtió en uno de los más aventajados y carismáticos dirigentes del liberalismo radical, y líder de esa fracción política en la guerra civil de 1885 que pretendía derrocar el proyecto regeneracionista de Rafael Núñez del poder. Por eso lo ahorcaron.

Para esa guerra, Prestán compró 200 rifles y municiones a los Estados Unidos, pero Washington dio la orden de no entregárselos. En retaliación, secuestró al agente y a dos miembros del buque que traía las armas. El ejército regular de Colombia y tropas norteamericanas intervinieron; durante los combates la ciudad de Colón se incendió. Había pólvora y metralla por todos lados, pero la responsabilidad de la conflagración —que dejó gran parte de la ciudad de Colón en cenizas— fue adjudicada a Pedro Prestán. Logró salir de la ciudad y unos meses después lo capturaron en el estado del Magdalena, lo llevaron a Colón, le hicieron un juicio rápido y lo ahorcaron. Fue sobre las vías del ferrocarril, como para que no quedaran dudas de que el progreso estaba dispuesto a asumir cualquier costo.

Antes de morir escribió una carta a su esposa en la que decía: “Mary: Dios ha querido al fin que la desgracia me confunda. Se me ha condenado a muerte ignominiosa e infame, siendo, como tú sabes, inocente… Nunca, por nada de este mundo, dejes de trabajar en el sentido de que la verdad se esclarezca… Lo que es el corazón es tuyo, ve que me lo saquen y consérvalo para que vaya junto contigo a la tumba”. Todo parece indicar que, en efecto, le extrajeron el corazón y que durante un tiempo estuvo en un frasco “preparado en alcohol fenicado”, en la alacena del doctor Quijano Wallis, que practicó la autopsia y tenía la orden de entregarlo a su esposa, pero luego el estado de Panamá confiscó lo último que quedaba de él. Nunca llegó a su esposa.

Hace un par de años, en el altillo de la casa donde en tiempos virreinales funcionó en Cartagena el Tribunal de la Santa Inquisición, y donde ahora funciona el Museo Histórico de la ciudad, encontré —dentro de las cosas a inventariar— unos centímetros de la soga con la que fue ahorcado Pedro Prestán. Desde entonces, a partir de ese pedazo de cuerda mohosa, reconstruyo el canto de la cabuya. Escribo y publicaré su historia. A mi manera.

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2019-08-22T00:00:52-05:00

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